La habitabilidad de un planeta depende de múltiples factores, su situación dentro del sistema y la composición misma del planeta son dos de los más influyentes a la hora de la aparición de vida en su superficie. Pero entre estos factores también se encuentra la oblicuidad del planeta, el angulo de su eje con respecto a la órbita que describe alrededor de su estrella.

La Tierra, por ejemplo, tiene una oblicuidad relativamente baja, gira alrededor de un eje que es casi perpendicular al plano de su órbita alrededor del Sol. Sin embargo, sospechamos que los exoplanetas pueden presentar una serie de oblicuidades realmente complejas, haciendo que estos mundos se parezcan desde una peonza vertical hasta que el eje de rotación este completamente horizontal. Por ello, cuanto más extrema sea esta inclinación del eje de rotación, menos posibilidades tiene un planeta de convertirse en un mundo habitado por formas de vida complejas.


La inclinación del eje de Marte varía en ciclos de 124.000 años. Una inclinación más pronunciada implica la presencia de un clima más cálido, mientras que una menos inclinación supone un clima más frio. NASA

Ahora, un equipo del Instituto de Tecnología de Massachusetts MIT ha encontrado que incluso en un planeta de alta oblicuidad, con un eje casi horizontal, tendría altas posibilidades de albergar vida, sobre todo y el planeta está cubierto por un gran océano global. De hecho, incluso un océano poco profundo, de unos 50 metros de profundidad, sería suficiente para permitir que el planeta disfrute de unas temperaturas relativamente cómodas, siendo la media de unos 60 grados Fahrenheit (unos 15º Centígrados) durante todo el año.

David Ferreira, ex científico de investigación en el Departamento de la Tierra, Ciencias Atmosféricas y Planetarias (EPA) del MIT, señala que un planeta con alta oblicuidad parecería ser un mundo extremo, inclinado sobre su lado, su polo norte estaría bañado por la luz de su estrella durante la primera mitad de su órbita alrededor de la estrella, para permanecer en la oscuridad durante la segunda mitad de la órbita, medio año de luz y medio año sumido en una fría noche.

“La expectativa era que un planeta así no sería habitable: básicamente herviría y se congelaría, lo que sería muy difícil para la vida”, comento Ferreira, que ahora es profesor en la Universidad de Reading, en el Reino Unido.

Ferreira y sus colegas usaron un modelo desarrollado en el MIT para simular una alta oblicuidad en un mundo rocoso cubierto de agua y del tamaño de la Tierra que se encuentre a una distancia similar a la que nos separa del Sol. Este modelo está diseñado para simular como circula el aire en la atmosfera, así como el agua de los océanos, teniendo en cuenta los efectos de los vientos para ver como el calor se desplaza en un océano profundo de 3.000 metros. Pero para realizar una comparación valida, los investigadores también aplicaron este modelo atmosférico con océanos más simples, de entre 10 hasta los 200 metros de profundidad.

También utilizaron este modelo para simular un planeta con tres diferentes oblicuidades: 23 grados (lo que representa una inclinación similar a la Tierra), 54 grados y 90 grados. Para un planeta extremo, con una inclinación de 90 grados, comprobaron que incluso con un océano de unos 50 metros de profundidad, estos absorberían suficiente energía de su estrella durante el verano/día como para que durante la invernal noche se libere y mantenga un clima templado. Como resultado, el planeta en su conjunto experimentará temperaturas primaverales durante todo el año.

En general, el equipo observó que la vida podría desarrollarse en un mundo acuático altamente inclinado, pero sólo hasta cierto punto. En simulaciones con un mar poco profundo y placido, comprobaron que las aguas de 10 metros de profundidad no serían suficientes como para regular el clima de un planeta de alta oblicuidad. En su lugar, el planeta experimentará un efecto fugitivo, en el primer instante que se formasen las primeras placas de hielo, estas se extenderían rápidamente por el lado oscuro del planeta. Y cuando este lado ahora congelado recibiese la luz solar, las masivas capas heladas reflejarían la energía solar, los hielos se extenderían a la nueva cara nocturna, convirtiendo así al planeta en una bola de nieve inmensa.

El trabajo ha sido publicado en la revista Icarus.

espacioprofundo.es 17/12/14