Dos ejemplares del mosquito antártico (jején), en plena reproducción. Sobreviven al frío, la salinidad y la radiación

Pocos animales pueden presumir de ser tan duros como el mosquito de la Antártida (Belgica antarctica). Sus larvas se desarrollan no durante uno sino dos inviernos antárticos, perdiendo casi la mitad de su masa corporal cada vez. Se enfrentan a fuertes vientos, la sal y la radiación ultravioleta intensa. Como adulto, el jején, único insecto endémico del continente helado, se las arregla sin alas y vive solo entre 7 y 10 días antes de comenzar su ciclo de vida de nuevo. Y lo hace con el genoma del insecto más pequeño secuenciado hasta ahora.

«Es pequeño», explica Kelley, profesora de la Universidad Estatal de Washington, quien ha formado parte del equipo que ha secuenciado y analizado el genoma de este insecto. «Eso fue una gran sorpresa. Me quedé muy impresionada». Y es que, según detallan los investigadores en la revista Nature Communications, el genoma del jején tiene solo 99 millones de pares de bases, los componentes básicos de su ADN. En comparación, el genoma humano tiene 3.200 millones de pares de bases. Esto lo convierte en el más pequeño de los genomas de insectos secuenciados hasta ahora, como el del piojo del cuerpo (105 millones de pares de bases) y el parásito alado Strepsiptera (108 millones de pares de bases), así como los genomas de otros tres miembros de la familia del jején.

Una historia de supervivencia

Los investigadores ven en este genoma tan compacto una historia de supervivencia, y sugieren que es el resultado de la adaptación a un entorno tan extremo. El genoma del jején carece de muchos de los segmentos de ADN y otros elementos de repetición que no producen proteínas, que se encuentran en la mayoría de los genomas de animales. La falta de ese «equipaje» en el genoma podría ser una respuesta evolutiva para sobrevivir a las condiciones frías y secas de la Antártida, explica David Denlinger, autor principal del estudio y profesor de entomología en la Universidad Estatal de Ohio. «Será interesante saber si otros extremófilos -garrapatas, ácaros y otros organismos que viven en la Antártida- también tienen genomas tan pequeños, o si esto es aplicable solo a este mosquito».

El llamado «ADN basura», estos segmentos de ADN y elementos de repetición que están en los genomas, tiene importantes funciones relacionadas con la regulación de genes y está implicados en muchas enfermedades. Así que es posible que un genoma escueto sea el secreto de la supervivencia del jején.

Deshidratación

Para adaptarse a las condiciones tan extremas los investigadores han visto que este insecto tiene activas las proteínas de choque térmico (cuando están expuestos a temperaturas extremadamente altas o bajas) durante toda su etapa larval. También son importantes los genes de las acuaporinas, unas moléculas que están implicadas en el transporte de agua dentro y fuera de las células.

Ambos, acuaporinas y proteínas de choque térmico, son claves en la supervivencia del jején en la Antártida, pues hacen que toleren pérdidas de agua de hasta el 70 por ciento. «Parecen pequeñas pasas secas, y cuando vertemos agua sobre ellos engordan y siguen su camino feliz», dice Denlinger. «Ser capaz de sobrevivir a ese nivel extremo de la deshidratación es una de las claves para sobrevivir a bajas temperaturas».

Pero aún quedan incógnitas sobre esta increíble capacidad de sobrevivir a un ambiente tan seco, con temperaturas tan bajas y altos niveles de radiación ultravioleta. En este sentido, la investigación podría tener implicaciones a largo plazo para los seres humanos, pues podría revelar cómo conservar los tejidos humanos cultivados para trasplantes.


Abc.es 12/08/2014