Desde que Roma conquistó Grecia y asimiló como suyo el extraordinario legado cultural de esta, comenzó a valorar el teatro como una forma natural de expresión ciudadana, una manera de liberarse temporalmente del penoso día a día con las vicisitudes o banalidades de un grupo de actores dispuestos a distraer al público con sus interpretaciones, nada valoradas, por cierto; actor era una de las profesiones más denigrantes de la época. Y aunque las cosas han cambiado, y mucho, sobre todo por el prestigio y el caché de muchos actores, desde aquella época hasta nuestro días, nadie ha podido igualar, ni durante tanto tiempo, el arte del emperador Tiberio Claudio César Augusto Germánico interpretando un papel… el de tonto. Os recomiendo la novela Yo, Claudio de Robert Graves.


Miembro de la dinastía Julio-Claudia, que daría los primeros cinco emperadores de Roma, Claudio fue apartado desde niño de cualquier puesto de responsabilidad por sus evidentes taras físicas (cojo, tartamudo…) y supuestas taras mentales (Antonia, su propia madre, ser servía de él para proferir insultos “eres más tonto que mi pobre Claudio”). Esta colección de taras, las evidentes y las supuestas, le permitieron vivir alejando de las intrigas de palacio, y aprovechar el tiempo para escribir su propia biografía, estudiar matemáticas, gramática, geometría, medicina e historia, además de aprender griego… y practicar sus dos grandes pasiones: beber vino y perseguir cualquier falda que se moviese a su alrededor. Ya en su adolescencia, algunos cercanos a él comenzaron a vislumbrar ciertos brotes verdes de lucidez que Claudio, rápidamente, se encargó de arrancar de raíz. Todo cambiaría el 24 de enero de 41, cuando su sobrino, el emperador Calígula, fue asesinado por la Guardia pretoriana en un complot en el que también estaban implicados varios senadores. Si Claudio estuvo al corriente o incluso lideró esta trama, se desmotarían los relatos tradicionales que lo sitúan escondido detrás de una cortina mientras los pretorianos buscaban a los miembros de la familia imperial para asesinarlos. Así que, y con vuestro permiso, me quedaré con la versión tradicional y creeré que lo encontraron escondido detrás de las cortinas y los pretorianos lo nombraron emperador para tener en sus manos un personaje débil y al que manejar a su antojo. Craso error, Claudio había interpretado a la perfección, a las pruebas me remito, un papel durante 50 años.

Ya sé que me consideráis un pobre necio. Pero no lo soy. He fingido serlo y por eso hoy estoy aquí.

Esas fueron sus primeras palabras ante el Senado. Eso sí, antes de pronunciarlas, se había asegurado el apoyo de la Guardia pretoriana con una buena gratificación y, lógicamente, había ordenado ejecutar a los asesinos de su sobrino –no está bien eso de matar emperadores-. Sus primeras medidas fueron encaminadas a enmendar todas las locuras de Calígula, derogando las leyes de su sobrino y eligiendo para los puestos relevantes de la Administración a los más preparados para cada puesto (algo lógico pero que a reyes, emperadores y políticos actuales cuesta de entender), aparcando a un lado a un Senado corruptible y caprichoso. También demostró ser un administrador capaz y un gran promotor de obras públicas: dos nuevos acueductos, el Aqua Claudia y el Anio Novus, un nuevo puerto en la desembocadura del Tíber al norte de Ostia, amplió la red de calzadas… Además, sabía que debía ganarse al pueblo y lo hizo suprimiendo o reduciendo algunos impuestos que gravaban bienes de primera necesidad, o aumentando la superficie cultivable de tierra, en este caso desecando el lago Fucino. Aprovechando tan magna obra, y antes de completarla, decidió reglarle al pueblo un espectáculo inolvidable (ya sabéis aquello de “panem et circenses” que escribió el poeta Juvenal) sufragando una naumaquia en el lago Fucino -por cierto, la primera y única vez que en Roma se escuchó “morituri te salutant” (los que van a morir te saludan)-.

¿Qué era lo único que le faltaba a Claudio?

La gloria militar. Al igual que hiciera Craso en 53 a.C., cuando la buscó en Carrhae enfrentándose a los partos de Surena en el episodio que contamos de la legión perdida, Claudio lo hizo partiendo al frente de su ejército para conquistar Britania. Nadie daba un duro por aquel aprendiz de héroe, otrora declarado inútil para la carrera militar, pero Claudio, consciente de sus limitaciones y de su nula capacidad para dirigir un ejército, supo delegar en su mejor general, Aulo Plaucio -como legado de la II Augusta estaba el futuro emperador Vespasiano– para conseguir un gran triunfo y la captura de Carataco, el líder de la resistencia britana al que Claudio indultó.

Su final llegaría vía una de sus aficiones: las mujeres. Según nos cuenta Suetonio, “tuvo una gran pasión por las mujeres, pero ningún interés por los hombres” -algo inusual para la época y su ADN-, y llegó a casarse en cinco ocasiones: Livia Medulina, falleció súbitamente el día de la boda, Plaucia, Elia Petina, la famosa Mesalina y su sobrina Agripina, su perdición. Esta última venía con premio, su hijo Nerón. Agripina supo manejar a su marido para que adoptase a Nerón y lo nombrase sucesor, incluso dejando de lado a su propio hijo Británico (de su anterior matrimonio con Mesalina y que adoptó el sobrenombre que se le había dado a su padre por la conquista de Britania). Cuando la relación entre Claudio y Agripina comenzó a deteriorarse, ésta temió por la sucesión de Nerón y decidió actuar. Siguiendo los consejos de su envenenadora particular, Locusta, Agripina logró colar amanita phalloides -que el catador tuvo la suerte de no probar- en un plato de setas que el emperador se disponía a comer. Claudio fallecía en el año 54 sin modificar el nombramiento de Nerón como sucesor. El primer presente de Agripina al nuevo emperador fue Locusta.

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 10 agosto 2015

Tiberio Claudio César Augusto Germánico, el mejor actor de la historia