Los selfies han sido, sin duda, una de las modas más contagiosas de los últimos años.


Incluso los que al principio renegaban de las archiconocidas autofotos, alegando que eran demasiado mainstream, poco a poco se han ido uniendo a la masa y, aunque algunos no lo reconozcan, seguro que tienen un palo selfie escondido debajo de la cama.

Sin embargo, hay que reconocer que son un poco fastidiosas. Rara vez nos contentamos con un sólo intento y si, encima de todo, el selfie es grupal, conseguir que todos queden contentos con el resultado es casi tan fácil como conseguir las siete bolas de dragón. Eso es así, todos odiamos cómo salimos en estas fotos, da igual el maquillaje, la actitud o los filtros de instagram. Siempre surge la típica pregunta: ¿pero ese soy yo? Pues tranquilos, la culpa no es de nuestra cara, sino de nuestro cerebro, que se empeña en distorsionar nuestra manera de ver las cosas.

¿Qué dice nuestro cerebro de nuestra imagen?

Se puede decir que la persona que más nos conoce (después de nuestras madres, por supuesto) somos nosotros mismos. Sin embargo, lo cierto es que la imagen de nuestra cara que vemos cada día, es la que nos devuelve el espejo, que no tiene nada que ver con la que ven los demás. Estaréis pensando que soy una exagerada por usar ese “nada que ver”, pero lo cierto es que las caras simétricas sólo están en los cuadros.

El ser humano es asimétrico en muchos aspectos: siempre solemos tener un pie un poco más grande que el otro, extremidades de longitudes un poco diferentes, pechos de distinto tamaño…. Las diferencias suelen ser nimias, pero están ahí y forman parte de lo que somos.

De hecho, el fotógrafo Julian Wolkenstein creó hace unos años una serie de fotos de rostros donde repetía una de las mitades para hacerlos simétricos. Curiosamente, los resultados eran claramente diferentes a la apariencia original del modelo.

Además, los seres humanos somos narcisistas sin quererlo; ya que, según un estudio llevado a cabo por la Universidad de Chicago, si se da a elegir a una serie de voluntarios entre un conjunto de fotos suyas retocadas para ser levemente más atractivos y se les pregunta cuál se corresponde con su cara, elegirán la retocada. Por el contrario, si se les pregunta por un extraño, optarán por la original.

Entonces, ¿por qué solemos salir mal en los selfies?

Los resultados nefastos suelen ser debidos a dos causas.

Por un lado, como os decía, estamos acostumbrados a ver nuestra imagen en el espejo, totalmente al revés, por lo que verla en foto, ya sea selfie o a la vieja usanza, nos lleva a vernos extraños. Esto es algo que cada vez solucionan más aplicaciones, como Snapchat, pero hay cosas que ni éstas pueden arreglar.

Con ello, me refiero al problema de la distancia. Al acercar tanto la cámara a la cara, se magnifican algunas imperfecciones que hubiesen pasado desapercibidas en una foto normal y, además, las proporciones varían. La solución a este problema es el palo selfie, que se ha convertido en una prolongación del brazo de más de una persona; pero, aún así, aumentar un poco más la distancia no sería una mala idea en algunas ocasiones.

Es incómodo querer hacerse una foto y no tener fotógrafo, pero toda la vida se ha parado al primero que pasaba por la calle para pedírselo y nunca pasaba nada. Vale, sí, podría haber salido corriendo con nuestra cámara, pero esas cosas son las que le dan emoción a la vida, ¿no?

Vía: The Atlantic

omicrono.com / Azucena Martín 10 marzo 2016

Por qué es tan habitual salir mal en los selfies