Durante los primeros años de la República las legiones de Roma se agruparon bajo cinco estandartes: el águila, el lobo, el toro, el caballo y el jabalí. En el 107 a.C., tras las reformas que emprendió el general Cayo Mario, se abolieron el resto y quedó únicamente el águila (Aquila) como símbolo de todo el ejército. Lógicamente, perder el águila de una legión era considerado la mayor de las desgracias, y por esta razón los soldados protegían este estandarte con sus propias vidas. Y si los legionarios velaban por sus águilas, los jenízaros lo hacían por sus calderos de sopa.

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Los jenízaros (del turco Yeniçeri, que significa “nuevas tropas”) eran un cuerpo del Imperio Otomano formado por unidades de infantería adiestradas para custodiar al Sultán y las dependencias del Palacio Real. Esta especie de guardia pretoriana fue fundada por Murad I en 1330 e inicialmente estuvo formada por jóvenes cristianos hechos prisioneros y por adolescentes que las familias de los pueblos sometidos debían entregar como tributo al Sultán. Además de ser sometidos a duros entrenamientos físicos y ser preparados como soldados profesionales (los jenízaros fueron el primer ejército otomano permanente), a los muchachos se les instruía en la religión musulmana y aprendían idiomas, literatura y otras disciplinas, tenían prohibido casarse y eran propiedad personal del Sultán.

La vida en común desde niños, la férrea disciplina, los duros entrenamientos, el sometimiento absoluto y el lavado de cerebro a través de la educación y la religión, fueron los responsables de crear ese vínculo de lealtad ante el Sultán, pero también de forjar un potente espíritu de camaradería y hermandad entre ellos. Como todo cuerpo de élite que se precie, estaban perfectamente estructurado y organizado, y tenían su propia simbología… curiosamente relacionada con la gastronomía. El Cuerpo de Jenízaros (Ocak, hogar) se dividía en varias ortas (regimiento) y al frente de cada una de ellas estaba el tchorbadji bachi (repartidor de sopa, equivalente a un coronel); por debajo el achtchi bachi (jefe de cocina, el capitán) y el sakka bachi (aguador, el teniente). Incluso su típico bork (gorro que simula una manga doblada) estaba adornado por una cuchara -posteriormente se fueron cambiando por plumas, flores y otros objetos-, ya que cada uno de los miembros de una orta eran los “comensales” de su estandarte… el kazan (un caldero de bronce).

Durante la marcha el kazan iba encabezando el regimiento y en el campamento se colocaba delante de la tienda del tchorbadji bachi, indicando el punto de reunión de la tropa. También el caldero era el protagonista de ciertos rituales. Excepto los viernes, todas las mañanas tres jenízaros, dos llevando el caldero colgado de un palo largo y un tercero con un gran cucharón al hombro, recorrían los barracones o tiendas repartiendo la comida entre los miembros de la orta -todos, independientemente de su rango, comían lo mismo y del mismo caldero-. El viernes era el día de mostrar la sumisión y lealtad al Sultán, y los jenízaros se dirigían con sus calderos a las cocinas del Sultán donde recibían su comida del que ellos llamaban el “padre que nos da de comer”. Pero no siempre era así… si no se presentaban a la hora señalada o rechazaban llenar su caldero con la comida, los jenízaros estaban expresando su descontento con alguna decisión del Sultán y era una aviso de que podrían amotinarse si no se arreglaba el tema en cuestión. De hecho, si una orta quería a obligar a otras a participar en una rebelión era suficiente con robarles su kazan. Lógicamente, la peor humillación para los jenízaros era que su kazan fuese capturado por el enemigo. En este caso, los oficiales eran expulsados de la Ocak con deshonor y a la orta se le prohibía exponer en público y desfilar con el nuevo caldero. Un regimiento de jenízaros sin kazan a la vista era sinónimo de cobardía e incompetencia y motivo de desprecio.

Durante al menos dos siglos, los jenízaros fueron los soldados más leales y más eficaces del Imperio otomano. Tenían un buen salario y estaban exentos de pagar impuestos, incluso algunos de ellos consiguieron ocupar cargos relevantes. Aquella posición privilegiada provocó recelo y resentimiento entre los propios turcos, máxime cuando los jenízaros eran prisioneros o esclavos procedentes de los pueblos conquistados. A finales del siglo XVI, los turcos exigieron formar parte de este cuerpo… y en 1594 el sultán Ocak autorizó el alistamiento de voluntarios turcos entre los jenízaros. Desde aquel momento esta fuerza militar anteriormente invencible comenzó a perder su eficacia. Estos nuevos jenízaros no estaban dispuestos a someterse a la dura disciplina, exigieron poder casarse y vivir fuera de los barracones comunales o que la condición de jenízaro fuese hereditaria… querían disfrutar de los privilegios de ser un jenízaro, pero sin serlo.

El poder de los jenízaros llegó al punto de que en el siglo XIX intentaron deponer al Sultán, lo que llevó a Mahmud II a decretar la disolución del cuerpo tras ejecutar a los cabecillas.

Fuentes e imágenes: The curious role of food in Turkey’s Legendary Janissary Corps, Historia de los jenízaros,

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 30 marzo 2017

¿Sabías que la peor humillación para un jenízaro era perder el caldero de la sopa?