Los hombres y navíos que eran denominados corsarios -para unos delincuentes y para otros héroes nacionales-, viajaban bajo la protección de una patente de corso, un documento en el que un rey o un gobierno les daba autorización a atacar barcos y enclaves de las potencias enemigas. En este sentido, fue muy habitual, en una América Colonial dominada por castellanos y portugueses, que las coronas de Francia, Inglaterra y Holanda, incluso siendo aliadas de alguna de las primeras, autorizasen a diversos barcos y capitanes atacar las posesiones de las potencias peninsulares. Estos ataques, si bien en muchas ocasiones reportaban beneficios económicos, su único objetivo no era robar, sino también entorpecer las actividades comerciales que se realizaban en los territorios enemigos; así como detener el transporte de riquezas hacia la vieja Europa y, de este modo, complicar el mantenimiento de las guerras en Europa, por ejemplo. Fueron corsarios hombres como Sir Francis Drake, Walter Raleigh o Henry Morgan, y también la flota privada que, bajo las órdenes directas de uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, Benjamin Franklin, operó durante la Guerra de Independencia.


La guerra de Independencia de los Estados Unidos fue un conflicto bélico que enfrentó, entre 1775 y 1783, a las Trece Colonias británicas originales en América del Norte contra Gran Bretaña. Aunque finalizó con la derrota británica en la batalla de Yorktown y la firma del Tratado de París, en el que se reconocía la independencia de las Trece Colonias, los primeros años de la guerra fueron desfavorables para los colonos –George Washington llegó a decir: «hemos reclutado un ejército de generales, no obedecen a nadie«-. Sabedores de que ante la poderosa flota británica y su ejército regular organizado y disciplinado, lo tenían harto difícil, Benjamin Franklin viajó a Francia en busca de apoyo para continuar la campaña contra las tropas británicas. Además de conseguir que el gobierno francés se uniese a su causa -España no también contribuyó con tropas, dinero y armas-, tuvo noticias de las terribles condiciones en las que estaban los cientos de compatriotas recluidos en las cárceles británicas, sobre todo marineros capturados en alta mar o puertos leales a la Corona sólo por el hecho de ser norteamericanos. Por si fuera poco, los británicos decidieron que todos los norteamericanos capturados, ya fuese en tierra o en el mar, no serían considerados soldados enemigos, sino súbditos británicos rebeldes y juzgados por traición a la Corona. Esta consideración semántica implicaba que los revolucionarios norteamericanos no formarían parte de los intercambios de prisioneros, práctica habitual entre los soldados hechos prisioneros en el marco de una guerra entre dos estados beligerantes. Aquello fue la gota que colmó el vaso y Benjamin Franklin preparó un plan para revertir aquella situación: capturar soldados y civiles británicos para forzar a Gran Bretaña a negociar el intercambio de prisioneros. ¿Y cómo lo hizo? Con una flota privada de corsarios.

La verdad es que se juntaron el hambre y las ganas de comer, porque, mientras Franklin estaba en Francia, llegó a las costas galas Luke Ryan, un contrabandista irlandés que huía de la Royal Navy. El capitán Ryan y su tripulación se habían dedicado al contrabando durante años, hasta que fueron interceptados por los británicos y tuvieron que huir. Como en las tabernas de los puertos los secretos duran más bien poco, se enteró de que el embajador norteamericano estaba reclutando barcos y se presentó para ofrecer el Black Prince. Aunque a regañadientes, porque Franklin no se fiaba mucho de aquel irlandés, en 1779 le concedió una patente de corso para atacar poblaciones costeras, barcos y puertos británicos. Además, era una patente de corso muy beneficiosa para el corsario, más de lo habitual, ya que le permitía quedarse con todo el botín que obtuviese, cuando lo habitual era que se quedase una parte del botín. Franklin sólo quería los súbditos ingleses capturados, con los que podría equilibrar la balanza y hablar de igual a igual a los británicos.


Patente de corso otorgada por Franklin al Black Prince

Con una flotilla de tres barcos (Black Prince, Black Princess y Fear not) y el capitán Luke Ryan al frente, los corsarios irlandeses hicieron estragos: capturaron o destruyeron más de 100 mercantes británicos e incluso algún barco de guerra, saquearon decenas de poblaciones inglesas y escocesas, Gran Bretaña tuvo que destinar varios buques de guerra en su captura -recursos que a la Royal Navy le habrían venido muy bien en aguas norteamericanas- e incluso llegaron a influir en la economía, ya que los barcos mercantes se negaban a navegar y las primas de los seguros marítimo se dispararon.


Black Prince

El 17 de abril de 1781 terminaban las andanzas de la flota privada de corsarios de Franklin, cuando Luke Ryan fue capturado en las costas escocesas… pero el trabajo ya estaba hecho. Aunque la pequeña flota de Franklin no logró capturar a tantos prisioneros como él quería -se calcula que se apresaron algo más de 3.000 súbditos británicos- y, por tanto, no conseguir que Gran Bretaña se sentase a negociar el intercambio, los corsarios mantuvieron ocupados recursos humanos de los británicos que, de otra forma, se habrían destinado a sofocar la rebelión.

Fuentes: Luke Ryan, Benjamin Franklin hires a pirate


historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 15 julio 2019

¿Sabías que Benjamin Franklin tuvo una flota privada de corsarios?