RITO DEL FUNERAL CELESTE TIBETANO


China ha implantando severas normas para proteger los funerales tibetanos tradicionales: se han prohibido las fotografías y reportajes en los medios de comunicación en un intento de proteger mejor y de mostrar más respeto al singular ritual que se ha conservado en esa región durante más de diez siglos. Según las normas del gobierno regional autónomo de Tíbet sobre el denominado “funeral celeste”, no se permitirá a la gente deambular por los alrededores para observar esta práctica. Las fotos, la grabación en vídeo y cualquier otra forma de divulgación de esta costumbre tradicional se prohiben rigurosamente.
Los tibetanos, indiferentes a los cambios en los métodos de enterramiento de China, todavía se adhieren a su propio sistema, consistente en alimentar a los buitres o aves de presa con los cuerpos de los familiares fallecidos.


Un ave de presa devorando un cadáver



En la mayoría de las ciudades chinas, la cremación se ha convertido en la práctica común para los entierros, aunque la gente de la etnia han, la mayoría de la población china, usaba en el pasado las tumbas para enterrar a sus muertos.
Las estadísticas muestran que hay un total de 1.075 lugares dedicados a funerales celestes. Cerca del 80 por ciento de los tibetanos todavía prefiere el funeral celeste, ritual que se ha observado durante cientos de años. El gobierno central chino construyó un moderno crematorio en Tíbet en octubre de 2000, pero no goza del favor de los tibetanos.



El descuartizador se dispone a actuar sobre el cadáver de una mujer, cuyo cuerpo troceará para facilitar a los buitres su labor



El funeral celeste es uno de los tres métodos principales que los tibetanos emplean tradicionalmente para devolver a la tierra a sus seres queridos. Los otros dos son la cremación y el funeral de agua.

Se desnuda el cuerpo, se rasura el pelo y se descuartiza el cadáver del ser querido con un cuchillo. Una vez separados los huesos de la carne, se machaca el cráneo con un martillo y se dejan sus restos sobre una piedra, donde son devorados por los buitres. Solo cuando las aves terminan de comer, se considera que su alma ha ascendido a los cielos.

En las tierras de Litang, a 4.600 metros altitud, el suelo es demasiado duro para cavar una fosa y escasea la leña para hacer fuego. En esta zona del Tíbet, los muertos son entregados a los buitres desde hace 5.000 años, un rito inmemorial introducido por los nómadas en tiempos de Zaratustra. Ellos llamaban a sus altares “torres del silencio”.


Durante el ritual, conocido como “funeral celeste”, el sacerdote (rogyapa) descuartiza el cuerpo delante de sus seres queridos y lo entrega a los buitres. Las aves arrancan grandes pedazos de carne que se llevan hacia el cielo. Cuando solo quedan los huesos, el sacerdote procede a machacarlos y a mezclarlos con harina, para que las aves terminen su trabajo.

De acuerdo con la creencia budista, el cuerpo es un mero vehículo para transportar la vida; una vez que el individuo muere, y como última muestra de caridad, su cuerpo debe servir de alimento a los buitres sagrados. No en vano el buitre es considerado por los sacerdotes un ave muy budista: no mata a otros seres y acepta lo que le viene, el curso natural de las cosas.


El monasterio de Drigung Til recibe unos diez cuerpos al día. El ritual se practica allí desde hace siglos. "Acabo agotado todos los días" – dice Celha Qoisang, el sacerdote encargado de los rituales. El hombre ha descuartizado una docena de cadáveres cada día desde hace 15 años.

"Una de las cosas más terribles que le pueden suceder a un muerto – explica Qoisang – es que los buitres no se lo coman". Porque aquí arriba, en las llanuras de Litang, el hecho de que los carroñeros no arranquen hasta el último jirón de tu carne se considera un mal presag
io.

El funeral celeste está estrechamente relacionado con el budismo practicado en la región del Himalaya. Los budistas creen en la reencarnación y consideran que el espíritu de los muertos sale del cuerpo en el momento del fallecimiento y que los cadáveres deben servir de alimento a las aves de presa o a los buitres sagrados, como última muestra de caridad.