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Su velocidad aumenta progresivamente, hasta que la fuerza de rozamiento ofrecida por el aire se equipara con el peso. A partir de ese momento, adquiere una velocidad constante (denominada velocidad limite o terminal), cuyo valor depende del tamaño de la gota. Cuanto más gorda sea, más rápidamente cae.

Así, una gota de una décima de milímetro de diámetro alcanza una velocidad límite de 14,4 km/h, mientras que si tiene 6mm de diámetro cae a una velocidad limite de 38 km/h.

Lo mismo que con las gotas de agua sucede con cualquier otro cuerpo en caida libre en el aire (donde hay rozamiento), como un paracaidista. Así una persona, de 80 kg, que se lance desde un avión, a 3.000 m de altura nunca caerá a más de 250 km/h.