Publio Claudio Pulcro, político romano perteneciente a una rica familia patricia, fue todo un personaje de su época. Un niño pijo mal criado que creía que todo el monte es orégano. Tras una mediocre carrera militar en Asia, donde instigó una revuelta y se vio involucrado en un motín, regresó a Roma y comenzó a ser conocido por meterse en todos los charcos, como en el procesamiento contra Catilina y su posterior absolución vía soborno. Haciendo realidad aquello de juntarse el hambre con las ganas de comer, se casó con Fulvia Bambalia, 20 años menor con él. Todo eran risas y frivolidades hasta que en el 62 a.C. a Claudio Pulcro una de sus gracias se le fue de las manos.


Bona Dea

Durante la Saturnalia tenía lugar en la casa del pretor los misterios de la Bona Dea, rituales de veneración a la diosa en los que participaban las mujeres nobles de Roma y a los que les estaba vetada la entrada a todos los hombres. Hasta tal punto era estricta la prohibición, que se comprobaba que en los alrededores de la casa no hubiese ningún macho, animal u hombre, que pudiera mancillar la celebración. Aunque ayudada por las vírgenes vestales, los rituales los dirigía la mujer del pretor, en aquel momento Pompeya, esposa de Julio César, pretor y Pontifex Maximus. Ya fuese por su carácter rebelde, por morbo o por lascivia -se llegó a decir que estaba liado con Pompeya- a Claudio Pulcro no se le ocurrió otra cosa que vestirse y maquillarse como una mujer y colarse en la casa. Lamentablemente, para él y para Roma, fue descubierto y aquella profanación fue un escándalo social. Claudio había cometido un sacrilegio y fue juzgado por ello. El ácido alegato de Cicerón no tuvo el efecto deseado, pues gracias a sus generosos sobornos fue absuelto. Aquel escándalo supuso su distanciamiento definitivo con los optimates, la facción aristocrática (patricios) a la que Claudio pertenecía por familia. También Pompeya, como anfitriona, sufrió las consecuencias. Aunque todas las matronas hablaron en su favor y aseguraron que no sabía nada de aquella “infiltración” y ella juró que no estaba liada con él, los rumores se extendieron por Roma y Julio César, aún sabiendo que sólo eran eso, rumores, decidió divorciarse de ella porque…

La mujer de César no solo ha de ser pura, sino además parecerlo

Claudio Pulcro, aprovechando el rechazo de los suyos, renunció a su rango de patricio, se hizo adoptar por una familia plebeya y se cambió el nombre por el de Clodio -sonaba más plebeyo-. De esta forma, podía optar al cargo de tribuno de la plebe, al que no hubiera podido aspirar siendo patricio. En 59 a.C., tras la partida de Julio César a las Galias, consiguió el cargo de tribuno y, desde el primer día, se enfrentó abiertamente con los optimates e implantó medidas populistas para ganarse al pueblo. Por si esto no fuera poco, se hizo con el control de las calles de Roma a través del control de las bandas gremiales, los collegia, que él sostenía y alentaba, desencadenando todo su odio contra sus oponentes, muy en especial contra Cicerón (por su alegato contra él tras la profanación de Bona Dea). La casa del orador fue demolida, sus propiedades confiscadas y él mismo tuvo que exiliarse para salvar la vida.


Cicerón

Aquella espiral de violencia se le tornó en contra y acabó con su vida, pues Milón, otro gánster alentado por la facción rival, fue quien protagonizó la reyerta en la Via Apia donde Clodio fue asesinado el 18 de enero del 52 a.C., al más puro estilo Gangs of New York. La plebe, conmovida por la muerte de aquel hombre que había legislado a su favor de forma tan poco ortodoxa, lo incineró en el Foro y Milón fue acusado de la muerte del líder popular. Durante el juicio, los matones del difunto Clodio, ahora leales a su esposa Fulvia, recurrieron a toda clase de intimidaciones contra jueces y partidarios del acusado, hasta el punto de que Cicerón tuvo miedo de hablar en su favor. De hecho, su alegato (Pro Milone) es una de las peores defensas de la historia. Milón fue condenado y tuvo que exiliarse, y Fulvia juró venganza contra Cicerón… y la tuvo.


Fulvia con la cabeza de Cicerón

Su momento llegaría cuando Lépido, Octavio y el influenciable Marco Antonio, su tercer esposo, constituyeron el Segundo Triunvirato en el 43 a.C. y redactaron la lista de proscritos y enemigos de la patria a los que liquidar, en la que Fulvia se encargó de incluir a Marco Tulio Cicerón. Fue ajusticiado cerca de su villa de Formiae el 7 de diciembre del 43 a.C. por un centurión llamado Herenio. Cuando el tribuno Popilio Lenas llegó a Roma portando la cabeza y mano derecha de Cicerón, Marco Antonio le ordenó que ambas fuesen clavadas en la Rostra (tribuna del Foro que servía de púlpito desde el que los magistrados y oradores arengaban al pueblo) para mayor escarnio público del difunto. Cuenta Dion Casio en su Historia Romana que Fulvia se acercó con sus dos hijos hasta donde estaba la testa de su odiado Cicerón, se extrajo una horquilla del cabello y atravesó la lengua del orador en un explícito gesto de fría venganza.

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 15 octubre 2018

Publio Claudio Pulcro, el gánster de Roma que puso en jaque a Julio César