Algunos astrofísicos sugieren que las enigmáticas ráfagas rápidas de radio (FRB, por sus siglas, en inglés) captadas por algunos radiotelescopios podrían ser una especie de señal alienígena.


Esta imagen compuesta de luz visible del Observatorio Gemini revela una débil y lejana galaxia enana que se cree es la fuente de la veloz explosión de radio 121102 Crédito: Gemini Observatory/AURA/NSF/NRC

Las explosiones FRB son pulsos extraordinariamente energéticos causados por algún fenómeno desconocido. Duran unos pocos milisegundos, proceden de lugares muy lejanos, tanto como miles de millones de años luz, e intrigan a los científicos desde que se detectaron en 2007. En una década, se han registrado 52 fuentes de FRB. En 2012, se captaron por primera vez ráfagas que tenían un mismo origen, y en 2018 volvió a suceder: el radiotelescopio CHIME, ubicado en la Columbia Británica (Canadá), descubrió entre julio y octubre trece nuevos FRB, seis de ellos surgidos en el mismo punto.

El hallazgo, que ha publicado la revista Nature, es importante, porque una ráfaga sostenida de FRB permite precisar de dónde viene la señal, a diferencia de los pulsos individuales, demasiado breves y esquivos para hacerlo. Si conocen el punto de origen del fenómeno, los astrofísicos tienen más posibilidades de averiguar su causa, que hasta ahora se mueve en el terreno de las hipótesis, a menudo atrevidas: algunos científicos han sugerido que las FRB podrían ser emisiones de civilizaciones extraterrestres o incluso pulsos de energía para impulsar naves alienígenas, como propuso Avi Loeb, astrofísico israelí de la Universidad de Harvard.

Otras teorías menos mediáticas sostienen que estas ráfagas rápidas de radio de potencia apabullante podrían proceder de objetos de densidad inimaginable, como los agujeros negros; o de magnetares, un tipo de estrella de neutrones con un intenso campo magnético que genera de forma esporádica tremendas explosiones de radiación de alta energía. También se ha hablado de remanentes de supernovas.

¿Qué hay ahí fuera?

Las FRB importan mucho a los especialistas, más allá del enigma de su fuente. La razón es que pueden constituir una excelente herramienta para conocer mejor el medio intergaláctico, el espacio prácticamente vacío situado entre las galaxias, del que queda mucho por saber. Dado que estas señales de radio atraviesan enormes distancias hasta llegar a nuestro planeta, interactúan por fuerza con las mínimas cantidades de materia presentes en su camino. Así, desentrañar la estructura y naturaleza de las FRB, y los cambios que sufren desde su origen, puede decirnos mucho sobre el cosmos.

Una detección endemoniada


No obstante, captar ráfagas rápidas de radio es complicado. No solo duran muy poco tiempo, sino que surgen en cualquier punto, así que dar con ellas requiere mirar al sitio exacto en el momento justo, algo más que difícil en términos astronómicos. El radiotelescopio CHIME, inaugurado en Canadá en 2017, es óptimo para detectarlas, ya que no tiene partes móviles, a diferencia de instalaciones similares. Concebido para mapear el hidrógeno del universo, sus características lo hacen ideal para detectar también las FRB: ya que escruta a fondo regiones concretas, la posibilidad de cazar estas esquivas ondas crece.

muyinteresante.es / Francisco Jódar, 18/03/2019

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