Abc.es 19/06/13

Quizás uno pueda comprobar los resultados de este curioso estudio la próxima vez que acuda a una conferencia o al teatro. Los aplausos prolongados se han considerado siempre una señal de aprobación por parte del público, que reconoce así la calidad de una actuación o de una intervención. Sin embargo, Richard Mann, de la Universidad de Uppsala en Suecia, cree que cuando damos palmadas, más que demostrar que algo nos gusta, nos estamos dejando llevar por la presión del grupo.

Para el estudio, publicado en el Journal of the Royal Society Interface, los investigadores pidieron la ayuda de 107 voluntarios divididos en seis grupos diferentes, a los que se les pidió escuchar dos presentaciones cada uno. Cuando alguien comienza a aplaudir, en cuestión de segundos el gesto se extiende como una infección que se propaga de persona a persona.

La multitud seguirá aplaudiendo hasta que uno o dos individuos, generalmente por cansancio o aburrimiento, decidan que ha llegado el momento de parar. Entonces, los aplausos comenzarán a decaer. Según Mann, la mayoría de las personas no toma la decisión de forma consciente sino que es movida por la poderosa presión del grupo. Nadie quiere aplaudir solo.

Estas conclusiones indican que la longitud de los aplausos no son un método seguro para medir la calidad de una actuación, ya que muchas veces depende más de la dinámica de grupo que se forme entre el público. En la investigación, aunque la duración de los aplausos varió de un grupo a otro, el tiempo promedio que le llevó a todo el grupo para comenzar a aplaudir fue menor de tres segundos después de que lo hiciera el primer individuo.