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Tema: [Literario] Relatos Tema Libre

  1. #1
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    Predeterminado [Literario] Relatos Tema Libre

    Os dejo los relatos que recibamos, que espero sean alguno más de los de siempre, ajajajajaaj


    EL EMIR HASSAN - http://forocer.com/literario-relatos...535#post490475 ([Literario] Relatos Tema Libre)

    INSOMNIO - http://forocer.com/literario-relatos...535#post490616 ([Literario] Relatos Tema Libre)
    Última edición por Sorgin; Hace 2 días a las 17:31
    mago y jose angel les gusta.

  2. Los Siguientes 2 Usuarios Agradecieron a Sorgin por Este Mensaje:

    jose angel (Hace 2 días),karter (Hace 1 semana)

  3. #2
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    Predeterminado

    EL EMIR HASSAN


    Sara caminaba por Granada en un estival amanecer, meditando sobre como sería su vida y como sentía su soledad, aunque la ciudad comenzaba a despertar y los madrugadores empezaban a abrir sus tiendas. Sabía que se dirigía hacia su sitio favorito de la ciudad, sus propios pies la llevaron hasta el Mirador de San Nicolás y apoyándose en el muro a lontananza vio la Al-Qalfa-hambra, su Alhambra, la Fortaleza Roja en su cima de la montaña,iluminada por el sol que anunciaba un caluroso día. Se imaginaba como seria la vida de los emires en la Ciudad Palacio y la rutina para gobernar la ciudad.

    Cuando descansó de su caminata dejó la Alcazaba y se dirigió hacía el Sacromonte, a su casa cueva donde había vivido durante generaciones los Medina, su familia ancestral.

    No lejos de allí, en la Alcazaba Vieja, en Al Casba, se tomaba el primer café del día Omar Al-Bahala, del clan de los Abencerrajes, uno de los más poderosos de Granada, nada pasaba en la ciudad sin que él lo supiera, tenía espiás y ojos por todas partes y en todas las casas de la ciudad junto a sus negocios. Y a quien había echado el ojo era a Sara y no pararía hasta que estuviera bajo su influencia y seria una de sus tantas compañeras de vida.

    La familia de Sara no era la más rica de la ciudad, pero tenían una tienda en el mercado de Orfebrería donde su padre ofrecía las más ricas piezas de joyería que había en todo el Reino Nazarí. La tienda la regentaba madre e hija, mientras el padre, Mohamed, se encargaba de comerciar con las joyas y hacer los diseños; incluso tenían un aprendiz que forjaba las piezas de plata, oro y cobre incrustando las piedras preciosas de formas tan intrínseca, que eran las más famosas del mercado e incluso de la Península. Poseían una casa en la Alcazaba Vieja, tan señorial como se lo podría permitir su estatus económico, pero seguían viviendo en el Sacromonte, allí estaban todas sus raíces familiares.

    Sara entraba en la casa cueva y encontró a sus padres desayunando en la pequeña cocina.

    Tengan un buen día alaba (padres) – dijo Sara
    Que la paz sea contigo aibnat jayida (buena hija), ¿ya bienes de tu paseo por la ciudad?. No es muy seguro que te vean sola tan de mañana y tampoco esta muy bien visto que una mujer soltera ande sola desde tan temprano, se podría pensar mal de tu conducta
    No se preocupe al'ab (padre) – dijo Sara Siempre voy por el mismo camino y ay todo el mundo me conoce como su hija, la hija del mejor joyero de la ciudad y el más honesto. Además, padre, a no estamos en la Edad Media para tener miedo de todo u de todos
    Es cierto Sara – dijo su madre, pero aún así las revueltas son frecuentes y los ánimos están muy sublevados, debemos tener cuidado y mantener las tradiciones familiares.

    Sara se quedo cayada y no dijo nada, ya que si madre tenía cierta razón, había enfrentamientos y luchas para conseguir el gobierno de la ciudad entre Boabdil, el chico, su padre el Emir Muhammad XII y los partidarios de su tío. Y también había que añadir los primeros conatos de lucha con los reinos castellanos por la Reconquista de Granada. Así que la ciudad parecía un polvorín y en cualquier momento saltaría la chispa.

    Terminaron de desayunar y se dirigieron hacia el mercado ya la tienda. Iban conversando como cualquier día, y sin llegar a la muralla se encontraron con Omar Al-Bahala que les sonreía abiertamente y no quitaba su mirada de Sara

    La paz sea con vosotros, familia Medina – dijo Omar
    Y con usted Sr. Omar – dijo Mohamed. ¿En que puedo ayudarle?, mientras mantenía a las mujeres detrás de él, puesto que sabía que nada bueno se podía esperar de él
    Tan solo saludarles y ver que Sara esta cada vez más bonita. Tendríamos que hablar usted y yo Sr. Medina, podríamos llegar a un buen acuerdo e incluso ser familia
    Usted que la mira con buenos ojos, pero Sara aún es muy joven como para pensar en dejar a su familia o tomar marido. Tiene que cuidar de sus padres, no tiene más hermanos y nosotros necesitamos su ayuda
    Eso no seria problema Sr. Medina, ya sabe que yo me haría cargo de su sustento y de su cuidado, además los negocios que darían en buenas manos y usted seguiría al mando
    Si nos disculpa Sr. Omar, se nos hace tarde para abrir la tienda – dijo Mohamed mientras asía de la mano a su hija y del brazo a su mujer, sin quitarle la mirada a Omar, que sonreía cínicamente como si estuviera maquinando algo para conseguir lo que quería, como el gato que espera el mejor momento para atacar al ratón
    Que tenga un buen día – dijo Omar, mirando a Sara y pensando que podría hacer para conseguirla, puesto que no estaba dispuesto a que nadie se la quitara, ni güera de nadie más que de su propiedad. Dejaremos esta conversación para otro momento más adecuado Sr. Mohamed, pero no se olvide que la tenemos pendiente

    Los Medina se dirigieron hacia la tienda intentando dejar atrás la mala gana que Omar les había dejado en el cuerpo. Sabían que todo pasaba por sus manos y que todo el mundo tenía que rendir le pleitesía si querían tener los comercios con clientes y poder vivir sin complicaciones o accidentes inesperados. Eso es lo que daba la autoridad, según él, para conseguir todo lo que quisiera pisando a quien se ponía en su camino. Pero en realidad es que todo el mundo le tenia miedo, no solo por lo que podría hacerles a ellos, sino a toda la familia, y no sólo era en el mercado de la joyería, era en todos los distritos amurallados de la ciudad, cada uno tenia un cacique y entre ellos mismos tenían enfrentamientos para conseguir gobernar todos los distritos.

    No lejos de allí, en la Al-Qalfa-hamra (La Alhambra, La Fortaleza Roja) se estaban preparando para la visita del Emir Hassam Al'Maravi. Venia a entrevistarse con el emir y la sultana sobre una posible unión entre pueblos con acuerdos políticos y comerciales y sobre todo para hablar sobre el malestar que se veía en el horizonte entre musulmanes y castellanos por la Conquista del Reino Nazarí. A esto habría que sumar el malestar entre padre e hijo por trono del Reino.

    La sultana Aixa, madre de Boabdil el Chico y esposa de Muhammad XII, estaba dando ordenes a los sirvientes cuando hizo su entrada por la puerta del Palacio el Emir de los Emiratos Árabes Hassam Al'Maravi.

    As-salamu alaikum – dijo el Emir
    Wa alaikum as-salam – dijo la sultana. Es un honor que honres nuestro hogar en estos tiempos problemáticos. Espero que hayas tenido un buen viaje
    Shukraan sultana. Todo lo favorable posible
    Espero que los aposentos que os hemos destinado sean de vuestro agrado. Os quedareis en el Palacio del Generalife, nuestra residencia de verano, los jardines que lo rodean es como un oasis de soledad
    No deberíais haberos molestado tanto, estoy acostumbrado a dormir en una jaima en mi querido desierto de Omán
    Si me disculpáis voy a llamar al emir, mi marido y mi hijo para que habléis tranquilamente
    Shukraan – dijo el emir, haciendo una reverencia a Aixa

    El emir se quedo esperando a la reunión, mientras llevaban sus cosas a sus aposentos; y aunque más que de negocios económicos se iba a tratar de una reunión política, ya que los aires que se respiraban en le Reino Nazarí no era de una total paz. Hassam estaba mirando por el balcón de la Alhambra, cuando entraron por la puerta Muhammad y su hijo Boabdil, seguidos por la sultana Aixa.

    As-salamu alaikum – dijo Muhammad. La paz sea contigo y con los tuyos, bienvenido a esta tu casa
    Wa alaikum as-salam – dijo Hassam. Que el gran Ala cuide te tu casa y te colme de dones. Gracias por la acogida, ya me encuentro como en mi propia casa
    Como ya esta cerca la hora del rezo, dejaremos para mañana la reunión – dijo Muhammad. Así te instalas, te refrescas y pones tus cosas en orden. Te hospedaras en el Palacio Genna Al-Aarif (Palacio del Generalife). A la vez de que tienes tu privacidad, se comunica con nuestro palacio y nos dará la privacidad y autonomía necesaria para estos tiempos.

    Despidiéndose ambos emires, Hassam no dejaba de mirar por el balcón aquella maravillosa Granada, bulliciosa en los comercios, amurallada en sus distintos distritos y como comenzaban las puertas a cerrarse ante la legada de una serena noche de verano y dando por concluido un día de trabajo hasta el amanecer del nuevo día.

    Sara y Mohamed Medina salieron de su casa, como todos los días, para ir a su puesto en el mercado, ya que era el día de la Fiesta del Barrio de Albaicin y era uno de los mejores días para vender mercancía. No se podían quejar de como iba el negocio, pero había que aprovechar las fechas importantes del calendario para guardar para las vacas flacas. Mohamed se adelantó unos metros mientras su mujer, Sara, hablaba con las esposas de otros tenderos y se ponían al día de lo ocurrido en el mercado.

    - Buenos días Sr. Molina – dijo Semir el aprendiz en cuanto vio entrar a su jefe por la puerta.
    - Buenos días Semir – dijo Mohamed, mientras iba directo a ver la delicada pieza que Semir estaba elaborando.
    - Sr. Mohamed, ya casi tengo terminada la pulsera del Sr. Omar. No se si cree usted que deberíamos repujar más entre las incrustaciones de las esmeraldas, pero yo creo que sería demasiado recargada; pero ya sabe como es el Sr. Omar, cuanto más recargado y ostentoso más bonito es para él.
    - No Semir déjalo como está, el diseño que aprobó así lo indica. Si quiere alguna filigrana más que no ha pagado que se busque alguien que destroce esta delicada pieza – dijo Mohamed, mientras veía como su señora esposa venia del brazo de su hija. Cada vez que las veía juntas se le saltaba el corazón al pensar que las pudiera ocurrir algo a sus amores si él faltaba por alguna razón. Sabía que las dejaba en una buena posición económica, pero aún así, era dejar a dos mujeres en un mundo de hombres y los tiempos no eran buenos, se comentaban muchas cosas tomando el café por la tarde en las Calendarias y no todo eran buenas noticias, ya se se podía ver como el poder del Emir Muhammad se debilitaba cada vez más, con los enfrentamientos entre su hijo y él; además de los enfrentamientos entre los diferentes caciques de los distritos amurallados y sus barrios. Y también se estaba oyendo que los reinos castellanos cada vez estaban más cerca de las fronteras del Al-Alandalus intentando reconquistar esas tierras y si esto era cierto, todos tendrían que marcharse hacia otros lugares inciertos e intentar empezar de nuevo otra vez, o morir en la contienda, pues siempre eran los más inocentes los que pagaban el pato de la soberbia y la prepotencia de los gobernantes.
    - Buenos días Semir, padre, he encontrado a madre por el camino y ya he venido con ella para ayudar – dijo Sara, mientras miraba absorta la pulsera que estaba terminando Semir y que ella había diseñado casi en su totalidad.
    - Eres un genio Semir – dijo la madre. Que Ala te guarde tus manos por mucho tiempo y que sigas haciendo esos prodigios de joyas.

    Semir muy orgulloso y a la vez enrojecido de la vergüenza dio las gracias y puso el último eslabón en la pulsera, era el engarce de cierre, que era como una pequeña rosa y en el centro había una esmeralda pequeñita. Así les encontró Omar Al-Bahala y sonriendo como si fuera una hiena a por su presa, saludo a Sara y Mohamed.

    Ala sea con vosotros familia Media – dijo el cacique Omar
    Que Ala te guarde a ti también Omar – dijo Mohamed. Me imagino que vienes a recoger el encargo de la pulsara
    Si esta terminada me gustaría verla. Estoy impaciente por ver al cada de su dueña cuando la vea – dijo Omar

    Semir le enseñó la pieza terminada y limpia de todas la impurezas que el trabajo de realizar el diseño pudiera haberla estropeado. Con todo su orgullo, Semir, la dejo encima de un paño de terciopelo rojo, donde destacaba con luz propia el oro bruñido y las esmeraldas eclipsaban la mirada de quienes la veían en su perfección.

    Realmente es mucho más de lo que pudiera esperar una vez terminada, en el diseño de papel no era tan hermosa – dijo Omar
    Espero que su dueña la lleve con la elegancia y el cariño con que se ha realizado y que sepa que esta hecha con toda la perfección que las manos de Semir le permiten – dijo Sara
    Eso espero, que así sea, puesto que la pulsera es para ti Sara. Creo que no olvidaron la conversación que tuvimos el otro día, sobre la posibilidad de que Sara y yo tengamos algo más que una amistad y sobre todo que me haría cargo de ustedes y les guardaría el negocio para el día de mañana, para los futuros descendientes. Con toda la atención que esto había provocado en la familia, tomo la pulsera y se la puso en la muñeca a Sara, ante su asombro o mejor dicho su disgusto. Sería para mi un placer que aceptaras este presente como señal de un compromiso entre ambos.

    Todos se quedaron como estatuas sin saber que decir, ya que no esperaban que las cosas resultaran de esa manera. No confiaban en Omar y sabían que no quería a Sara, solo quería el negocio que las piedras preciosas le podían rentar y las salidas que pudiera tener hacia otros comercios más lucrativos y sus trapicheos poco honestos.

    El primero en hablar fue Mohamed: estamos muy honrados con su propuesta, pero creo que Sara aún no esta preparada para un compromiso , además es joven todavía y no tiene intenciones de casarse con nadie.

    Omar arrugo el ceño, mirando a padre e hija, que mientras se quitaba la pulsera y la dejaba sobre el paño, se alejo hacia los brazos de su madre. Omar, se sonrió irónicamente y dijo: Yo creo que sí, de lo contrario las cosas podrían empeorar y un comercio lucrativo como este, Mohamed, podría sufrir una serie de accidentes que le llevasen a la quiebra y si eso pasara, como sacaría a su familia adelante. Sabe que yo no amenazo sin sentido, con una advertencia en la mirada hacia Sara, sabia que así conseguía las cosas con amenazas. Volvió a poner la pulsera en la muñeca de Sara, como si lo que había pasado no fuera más que un mal entendido y todo estuviera arreglado sin dar un paso atrás.

    Sara miraba asombrada al Sr. Al-Bahala y con pena a su padre y por el rabillo del ojo veía unos movimientos sospechosos en el mercado, algo andaba mal. Hombres a los que no conocían y que estaban armados comenzaban a posicionarse en los puntos estratégicos del mercado, como si de una invasión se tratara.

    Sara, asustada le dijo a Omar: como ha dicho mi padre no esta en mi cabeza casarme tan pronto, ni comprometerme con nadie, además creo que tiene problemas mucho más importantes como el querer casarse conmigo. Y en ese preciso momento se desató el infierno en el mercado.

    Diferentes bandas rivales se peleaban en pleno patio del mercado, sin importar quien estaba alrededor sacaron cuchillos, espadas y arcos con los que disparaban a todo aquel que se movía. Omar muy asustado, intentaba buscar a sus hombres, arrinconados en la zona sur del mercado, y sin posibilidad de ir a salvar a su jefe. Todo había sido una maniobra de un cacique rival que quería el territorio de Omar y habían decidido matarle ese día. Uno de los sicarios rivales entró en la tienda de Mohamed y sin inmutarse apuñaló a Semir, se dirigió a Omar, que de forma más cobarde posible, interpuso el cuerpo de Sara al suyo como si se tratase de un escudo; al verlo Mohamed corrió a auxiliar a su hija y recibió una de las flechas, del sicario situado enfrente de la otra tienda, en pleno corazón; su esposa acurrucada en una esquina del comercio, al ver que su esposo caía muerto al suelo, fue hacia él y recibió una cuchillada del matón que intentaba quitarse de en medio a Omar. Ante los ojos de Sara todo su mundo se vino abajo, se derrumbo y toda su familia desapareció en un minuto sin que pudiera hacer nada para salvarlos. Sin pensárselo dos veces, se zafó del abrazo de Omar y se dirigió hacia el sicario, que asombrado de la maniobra de Sara y sin poder evitarlo le clavo el cuchillo en el costado. Sara cayó al lado de sus padres, así que el matón tuvo vía libre para finiquitar a Omar y rematarlo, con un golpe maestro, cogió la espada y decapitó al cacique. El trabajo por el que le habían pagado ya estaba hecho. Silbó para avisar a sus compinches que el trabajo estaba echo y que se podían ir. En cuestión de segundos el mercado quedo en silencio, se podían ver los cadáveres que habían dejado por el camino.

    Sara, aunque mal herida, pudo ver a Omar caído en el suelo con la cabeza separada del cuerpo en un charco de sangre y como el sicario daba la orden de retirada. Otros dos matones cogieron la cabeza de Omar como muestra del trabajo realizado.

    Tal fue el tumulto que se había organizado en el mercado, que nadie sabía muy bien el porque de ese caos. Muchos de los propietarios que estaban escondidos salieron y vieron sus negocios destrozados y sus mercancías tiradas por el suelo, a otros propietarios heridos de más o menos gravedad y el resto había huido para salvar sus vidas.

    Sara sin saber muy bien de donde salía sus fuerzas, se levantó y viendo lo que había sido su familia se marchó, ya no le quedaba nada; en su huida se dirigió hacia su Al-Qalfa-hambra querida, allí encontraría la libertad para dejar esta vida, como todas aquellas mañanas que la miraba y sabía que sus sueños se dirigían hacía allí. En su caminata se dirigí hacia el Generalife, no supo como no murió por el camino, pero al traspasar las puertas y entrar en los jardines, miró hacia arriba y vio la Fortaleza Roja en todo su esplendor y supo que había llegado su fin, que había llegado a su destino y podía descansar en paz y morir con la dicha de haber visto la Alhambra por última vez. Ala se haría cargo de su cuerpo y su mente. Se dejó caer lentamente y suspirando su último aliento de vida, reposó en el césped alfombrado de los Jardines del Generalife.

    El Emir Hassam se encontraba desayunando después de haber hecho la primera oración de la mañana y mientras tomaba café pudo ver desde su ventana como alguien entraba en los jardines, su paso era incierto y su mirada parecía sin vida y ante sus ojo se desplomó. Llamo a los sirvientes para que le ayudasen y a la guardia del palacio por si pudiera ser algún atentado hacia su vida o hacia el propio palacio, pues los tiempos que corrían en Granada no eran nada halagüeños. Bajando las escaleras y corriendo hacia ese cuerpo vio que se trataba de una mujer y con una herida, en el costado, de algún arma puntiaguda. No podría ser nada peligroso. La alzó en brazos y la llevó a su habitación, mandó llamar al médico de la sultana Aixa y mientras la depositaba en la cama, veía que no respiraba o que la menos su respiración era tan lenta y tan superficial que parecía muerta o al menos le quedaba un suspiro de vida más.

    No tardaron no cinco minutos tras ser llamados, el médico y la sultana se presentaron antes el Emir.

    -Es verdad lo que me han dicho – dijo la sultana, habéis traído una mujer al palacio
    -Si y con vuestro permiso espero que el medico al devuelva la vida y así podrá contarnos lo que ha ocurrido
    -Doctor haga lo que humanamente pueda por nuestra invitada. En sus manos la dejo. El doctor hizo una reverencia y se dirigió hacia la herida
    -Necesito que todo el mundo me deje con ella, para hacer mi trabajo, sólo necesito a una sirvienta para que me ayude a desnudarla y mirar sus heridas. Hassan no estaba de acuerdo con esa decisión y así lo hizo saber al medico pero ante todo había que respetar el protocolo.

    En cuanto el doctor la examinó, supo que su vida pendía de un hilo, tenía una herida muy profunda de cuchillo, había perdido mucha sangre y su espíritu parecía que no quería seguir en su cuerpo. La curó, la cosió y le puso una cataplasma de diferentes hierbas medicinales y le vendó la herida. Si sobrevivía los próximos días, y la fiebre no se la llevaba antes, la herida no se infectaba y la fuerza de la vida, tenía muchas posibilidades de vivir, pero la cosa no pintaba nada bien y así se lo hizo saber el médico a Hassan, que le dio una botella de láudano para que tomara un par de gotas cada tres horas, para mantenerla dormida y no se moviera mucho, y si le subía mucho la fiebre podía subirle un par de gotas más. El peligro era la subida de fiebre, pues podía morir sin remedio.

    Hassan miraba a Sarah como si fuera un muñeco de trapo, con la perdida de tanta sangre estaba tan pálida que apenas se diferenciaba del blanco de las sabanas y la fiebre no dejaba que se estuviera quieta, lo que podría provocarla que los puntos se la abrieran. Paso la noche a su lado, poniéndola trapos fríos sobre la frente y dándole el láudano, pero la fiebre apenas le bajaba unos grados y había momentos en que la fiebre era tan alta que el delirio en que vivía Sarah se repetía constantemente, revivía lo ocurrido una y otra vez, lo que hacía que se inquietara aún más y llamara a gritos a sus padres. Hacía la madrugada, parecía como si se hubiera calmado un poco, pero al amanecer la piel de Sarah puro fuego. Hassan no podía esperar más, tenía algo que hacer para bajarla la fiebre, y entonces se acordó que su madre le había dicho que de pequeño había tenido también una fiebre tan alta por la picadura de una víbora del desierto que no conseguían bajársela, así que su padre le sumergió en agua helada y la fiebre remitió. Así que llamó a los sirvientes para llenaran la bañera de agua fría del manantial y que le echaran hielo de la bodega. En cuanto sumergió a Sarah el agua se calentó de golpe y tuvieron vaciar la bañera y volverla a llenar un par de veces, hasta que el agua y la paciente tuvieron la misma temperatura y la fiebre de Sarah bajó y la convulsiones pararon e incluso dejó de hablar en sueños. La cambiaron de ropa, la secaron y la metieron en la cama, pero Hassan tenía miedo de que la herida se hubiera infectado o que los puntos se hubieran soltado, así que descubrió la herida y vió que todo estaba bien, la seco y le cambio el vendaje, le puso una nueva cataplasma y se la vendó. Parecía que Sarah había superado el peligro, pero a la noche siguiente, otra vez le subió la fiebre, pero con el láudano, lo controlaron y la fiebre le volvió a bajar.

    Durante una semana Sarah estuvo en un duerme vela constante, entre la consciencia y la inconsciencia, entre el delirio y la realidad. En la mañana del séptimo día despertó lentamente, en cuanto abrió los ojos se dio cuenta de que no conocía el lugar en donde estaba y que esa cara morena y esos ojos negros no eran los de su padre ni de nadie que conociera, se levantó de golpe y tuvo que tumbarse de nuevo, el mareo fue tan fuerte que la dejó sin visión un buen rato, además el costado le dolía mucho.

    -¿Donde estoy? ¿Quien es usted? ¿Donde están mis padres? - dijo Sarah
    -Estas en el Palacio del Generalife, yo soy el Emir Hassan de Oman, amigo del Emir Muhammad y de su esposa Aixa. Te encontré desmayada y casi si vida en los jardines con una herida muy grande de cuchillo en tu costado. ¿Sabes quien eres? - le preguntó Hassan ante las lagrimas que corrían por las mejillas de Sarah
    -Soy Sarah Medina, y de golpe y porrazo le vino a la memoria lo que pasó. Soy hija de Mohamed y Sarah Medina, propietarios de un negocio de joyería en el Mercado. Hubo un enfrentamiento entre diferentes caciques y mis padres murieron en la refriega junto con uno de los caciques y Semir, nuestro aprendiz. Del resto no me acuerdo mucho, se que intenté salir del mercado entre el lio que se formó y que quería llegar a mi Alhambra para morir en paz y en libertad.
    -No se que decirte Sarah – dijo Hassan, aquí no son muchas las noticias que llegan, puedo averiguar que pasó. Como ya te he dicho son el Emir Hassan Al'Maravi de Oman; estoy aquí para un tratado político y económico entre los dos pueblos, si es posible. Has estado una semana inconsciente y han existido momentos en que creíamos que no saldrías con vida. Pero me alegro de que recuerdes todo lo ocurrido, eso quiere decir que a pesar de la alta fiebre que has tenido, tu cerebro no ha sufrido daños. Siento todo lo que te ha ocurrido, pero de momento lo importante es que te recuperes del todo y luego ya veremos que hacemos. Ahora si te sientes con ganas deberías comer algo para que tu cuerpo coja fuerzas.
    -La verdad es que tengo bastante hambre. Puedo preguntarle una cosa – dijo Sarah
    -Si esta en mi mano responderla, sí, y tuteame, por favor – dijo Hassan
    -¿Me has cuidado tu todo este tiempo?
    -Todo el tiempo no, peor si la mayoría. Entre el medico, las criadas y yo, te hemos traído de vuelta, al mundo de los vivos, contestó Hassan con una sonrisa en la boca que mostraba la blancura de sus dientes
    -Gracias – dijo Sarah, mientras su cara se ruborizaba lentamente y le sonreía al Emir.

    Sarah pasó los días recuperándose, mientras el Emir seguía con las conversaciones con Muhammad. Una tarde que estaban los dos en el jardín tomando café y jugando al ajedrez, respirando el cálido aire de la tarde, Hassan le pregunto si ya tenia todo claro en su mente, si ya podría preguntarle cosas y contarle cosas de su hogar

    -Me acuerdo de cosas, pero todavía tengo algunas confusas – dijo Sarah. Se que mis padres murieron en el enfrentamiento junto con Semir, que en medio de todo Omar me pidió que me casara con él y que la pulsera que encargó era para mi; y que por su culpa, yo he perdido todo lo que tenía en la vida, que me he quedado sola en el mundo y sin un lugar a donde regresar. Nuestra casa y nuestro negocio se lo habrá quedado el cacique que gano la reyerta y que si vuelvo me harán casarme con él o algo peor
    -Estabas enamorad de Omar – dijo Hassan muy serio y con temor ante la respuesta de Sarah. Poco a poco, la había cogido cariño y no precisamente como el amor de un hermano hacia su hermana, sino de un hombre hacia una mujer, ante su propio asombro. Pero si aún estaba enamorada sería difícil avanzar con sus sentimientos, después de todo tenía un pasado
    -No – dijo rotundamente Sarah. Él tan solo se había encaprichado de mi o mejor dicho del negocio de mi padre, y me quería a toda costa. Anhelaba el negocio de piedras preciosas de mi padre, generaba bastante dinero y abría las puertas hacía otros países por la compra de las gemas. Yo solo lo veía como un oportunista más, alguien que estaba acostumbrado a que nadie le negara las cosas que quería, todo lo conseguía por medio de la fuerza, del chantaje y de matar a quien le estorbaba sin importarle nada quien pudiera dejar en el camino
    -Yo – dijo Hassan, mientras su corazón saltaba de alegría, sabiendo que no había nadie en el corazón de Sarah y que podría luchar por su amor; soy el Emir Hassan Al'Maravi, hijo primogénito del clan de los Al'Maravi, nómadas del desierto, pero propietarios de grandes minas en los Emiratos Árabes. Nuestra casa está situada en las Montalas Al-Hajar desde donde puedes ver el Desierto de Oman. Mi función en la familia es la diplomacia, pero lo que más me gusta es la cría de caballos, son mi debilidad, son grandes, nobles, disciplinados e incansables cabalgando por el desierto, a lo que hay que añadir su gran velocidad. Lo dijo riendo a carcajadas, imaginándose a Sarah sobre una de sus yeguas. Cuando mi padre muera seré el jefe del Clan y con ello de su gobierno.
    -Suena como un cuento de Hadas de las Mil y una Noches, se ve que nunca te ha faltado nada y nunca te faltara. Y quien sea tu mujer, va a ser la mujer más querida y cuidada; sin conocerme de nada me has cuidado tan amablemente, como sera cunado ames a una mujer – dijo Sarah, soñando en lo que nunca ocurriría, pues su corazón se agitaba cada vez que el Emir se acercaba a su lado.

    Hassan la miró y algo le dijo que sus sentimientos eran correspondidos, alzó la mirada hacia la entrada de los jardines y caminando con paso enérgico venia la sultana Aixa y el médico que estaba tratando a Sarah.

    -Buenas tardes os de Ala – dijo Aixa. Ya veo que nuestra desconocida se esta recuperando muy bien y que el color vuelve a sus mejillas
    -Sultana – dijo Saran intentando levantarse para hacerle una reverencia. Gracias por su hospitalidad
    -Quedate donde estás, ya habrá tiempo de formalidades – dijo Aixa. Doctor creo que es su turno. Hassan acompañame tenemos que hablar de algo muy importante
    -Usted me dirá, sultana – dijo Hassan con los ojos muy abiertos y observando todos los movimientos de la sultana. Pero sabía que las noticias no serían buenas.
    -Las conversaciones con mi marido e hijo no van bien, ¿verdad? - dijo Aixa
    -No,no avanzamos nada en vista del cáliz que están tomando la situación tendré que irme muy pronto, si seguimos así – dijo Hassan
    -La situación esta complicada, cada día veo más cerca el enfrentamiento entre mi marido y mi hijo, tiene de su lado a su tío que ya ve como puede sacar tajada de la revuelta. También el problema con los reinos castellanos se esta haciendo insoportable, cada día avanzan un poco más de terreno y se acercan a Granada y mi hijo no tiene la fortaleza de su padre para enfrentarse a los conflictos – dijo Aixa. Si aceptas mi opinión, en cuanto veas una oportunidad, vuelve a Omán, serán mejores las alianzas que tu pueblo pueda hacer fuera de Granada. Llévate a Sarah y vivir felices.
    -Sabía que la situación no era muy buena, pero no que llegará a esta magnitud – dijo Hassan mientras veía que el media se acercaba a ellos.
    -Me alegra decirles que la paciente esta recuperada en su totalidad – dijo el médico. La herida ha cicatrizado muy bien y sus fuerzas están cada día mejor. Por mi parte ya esta todo solucionado, tan solo recetarle una buena comida y muchos paseos; y que vuelva a su vida normal.
    -Gracias por todo doctor – dio Hassan, haremos lo que nos dice. Se despidió del médico y agradeció a la sultana sus consejos.

    Esa noche, mientras cenaban en la habitación de Sarah, que en realidad era la de Hassan, Sarah le notaba preocupado y con la mente en otro lugar y pensaba que era algo relacionado con ella.

    -No te preocupes, Hassan – dijo Sarah, muy pronto me voya poder ir, devolverte tu vida y tu habitación.
    -Ni lo pienses, primero recuperate y luego ya hablaremos sobre lo que puede ocurrir – le dijo Hassan, al ayudarla a levantarse y dirigirse a la cama, quedando los dos uno frente a otro, mirada con mirada y respiración con respiración.

    Ambas miradas lo decían todo, muchos sentimientos reprimidos y ocultos con ganas de salir fuera. Hassan la miraba intensamente con esos ojos negros como el carbón, que prometían muchas cosas y Sarah con esos ojos verdes esmeraldas a la espera de lo que un hombre podría mostrarla.
    -Sera mejor que te deje dormir, ha sido un día muy emocionante para ti; además hay mucho en lo que tengo que pensar y hacer ante la situación que me ha dibujado la sultana.
    -No te vayas Hassan, quedate conmigo – dijo Sarah, mirando hacia esos ojos azabaches que quemaban como el carbón. En realidad la que tenía que marcharse soy yo, estoy en tu habitación.
    -Si no me voy, precisamente no vamos a dormir mucho – dijo Hassan con una sonrisa en la mirada que prometía muchas cosas, mientras se acercaba a Sarah. Y tampoco podré pensar mucho en lo que es mejor para mi pueblo. Sarah, si te beso ahora, ya no podre parar......
    -Yo solo he dicho que no te vayas – dijo Sarah, con una pequeña sonrisa en los labios, mientras se los humedecía con la lengua.
    -Que Ala me proteja de mujeres como tú – dijo Hassan, tomando esos labios bajo los suyos en un ardiente beso de un hombre que ama apasionadamente

    Se abrazaron, se recorrieron el cuerpo y se besaron como si fuera el fin del mundo. Fue una noche apasionada donde cada uno exploraba el cuerpo del otro y descubrían el placer que se podían dar mutuamente. Hassan le descubría un mundo de deseo, amor y diversión a Sarah, donde un hombre y una mujer eran iguales en el juego del amor, y donde el goce era igual para los dos. Cuando la lujuria llegó a su fin, ambos se besaron largamente y se quedaron dormidos abrazados y suspirando de una noche de amor completa.

    Cuando despertaron, saciados ambos, Granada despertaba, el Reino Nazarí amanecía entre conflictos políticos, intrigas y derrotas. Cuando estaban desayunando en los jardines del palacio, algo le perturbo la paz, por la puerta de entraba la guardia privada de la sultana, y ella detrás con cara de angustia.

    -Tenéis que iros inmediatamente – dijo Aixa, de lo contrario no puedo garantizar vuestras vidas y libertad. Los ánimos están muy caldeados y me espero lo peor. Rápido, recoged todo, mi guardia privada os escoltaran hasta la salida de Granada. Desde allí podréis llegar a Marruecos y después a vuestro país, Hassan. Siento que las cosas hayan terminado así. Que Ala os proteja y os guie en el buen camino.

    Hassan le hizo una inclinación de cabeza a la sultana en señal de respeto, mientras por otra parte alentaba a Sarah para que se levantara de la silla y se acercara a él.
    -Tenemos que irnos amor, – dijo Hassan. No podemos quedarnos aquí a esperar que pasa.
    -Pero yo no puedo irme contigo, no tengo nada que ofrecer, tu eres un príncipe y yo una simple tendera, lo que hemos tenido esta noche ha sido maravilloso, pero eso, un sueño que no olvidare el resto de mi vida y que me hará seguir viviendo el resto de lo que me depare la vida.
    -Estas equivocada, tú vienes conmigo a Omán y no como nadie, sino como mi prometida y futura esposa – dijo Hassan, mientra miraba la cara asombrada de Sarah y las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Rápido, recoge algunas cosas y vayámonos, apenas tenemos tiempo.

    Salieron de Granada en compañía de la guardia privada de la sultana. En las calles, ya se podía observar el malestar de la gente y los bandos que se estaban formando para llegar al poder. En la lejanía podían ver el campamento de los ejércitos castellanos, que poco a poco, arañaban terreno y se dirigían a la ciudad, cuyas intenciones eran la Reconquista y echar al infiel del territorio español.

    EPILOGO

    Sarah miraba el desierto de Omán desde la ventana de su habitación en el Palacio Dos Lunas de su marido. El palacio estaba situado en una de las colinas de las Montañas Al Hajar y Sarah pensaba que nunca vería un amanecer o un ocaso más bello que en su Granada del alma, hasta que llegó al Palacio. Cada mañana veía salir el sol por la dunas del desierto y por encima de las montañas, como un velo despertando al nuevo día y a las nuevas emociones.

    Oyó que unos pasos se acercaban hacia la ventaba y le agarraban su abultada cintura, acariciando el vientre visible donde crecía el heredero del pueblo nómada del desierto.

    -Buenos días, hermosa – dijo Hassan, mientrsa besaba el cuello de su esposa y la acariciaba la barriga y notaba la patada que le daba su hijo en la mano, como si reconociera quien le daba los buenos días. Esta juguetón un nuestro hijo ¿no?
    -No me extraña, es tan ansioso como su padre y eso de que sea un niño, no estoy muy segura de ello – dijo Sarah, al darse la vuelta y mirar a esos carbones que tenia como ojos y que cada día le daban amor y bienestar; mucho más de lo que ella creía poder querer.
    -Ya no falta mucho para saberlo. La tribu estera esta haciendo cábalas para saber que sera y eso no era normal antes de tu llegada. Tu cercanía hacia ellos, tu respeto hacia sus costumbres y tu alegría para con ellos, has hecho que se acerquen a sus emires y se comuniquen mejor.
    -Ha sido fácil, aunque son gente humilde, son trabajadores y fieles a sus jefes, por lo que hay que devolverles lo que ellos nos dan, respeto. Son los que nos proporcionan la comida, los rebaños con los que comerciar y los que luchan junto a sus jefes en los enfrentamientos con otras tribus rivales.
    -Tienes razón en eso, Sarah. Te dejo, tengo una reunión con los jefes de las diferentes tribus para hacer un pozo de agua para el ganado. Luego te veo – dijo Hassan, dándola un beso en la cabeza.

    Sarah sabía que había tenido mucha suerte, a pesar de la pérdida tan grande que había tenido. La perdida de sus padres, su medio de vida y dejar su ciudad había sido mucho desgaste emocional, pero nada más que llegó a Omán y conoció a la familia de Hassan, fue como si nunca hubiera salido de Granada; sabía que aún le quedaba mucho por aprender de las costumbres de los nómadas del desierto, pero tenía el tiempo necesario para ello. Se acarició el vientre y habló con su bebe: “Todo saldrá bien, mi niño. Tu padre y su familia nos protegerán de todo peligro. Serás muy querido o querida, creciendo en un mundo mejor y puede que algún día pueda llevarte a mi tierra y veas las mismas maravillas que yo veía”. Como si el bebe lo hubiera entendido, le dio una patadita en su estomago, mientras se acariciaba el creciente vientre. Estoy en casa, se dijo Sarah, mirando hacia el cielo y una ráfaga de viento suave del desierto removía su pelo.
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    INSOMNIO


    Aquella tarde, Eduard tenía ganas de despejarse, de descontrolarse un poco, de desconectar de su absorbente trabajo. Ser director ejecutivo de una de las mayores multinacionales de software no era precisamente un juego de niños.
    Había tenido un día duro, demasiadas reuniones y muchos dolores de cabeza, incluso se vio obligado a despedir a su secretaria por el simple hecho de llevarle un café demasiado caliente, y es que no se puede decir que fuese una buena persona precisamente.
    Salió del trabajo un poco antes para darse una ducha rápida en su lujoso apartamento de Manhattan y salir a tomar unas copas.

    No se podía decir que Eduard tuviese un carácter afable sino más bien todo lo contrario, apenas tenía amigos, y los que él creía cómo tales, tan sólo eran amistades interesadas. Por no tener, no tenía ni esposa, ni tan siquiera novia y a sus 45 años ya no podía andarse por las ramas si quería tener una familia. A decir verdad, sus relaciones sentimentales apenas duraban unas semanas, debido en gran parte, a su agrio carácter, sin contar que fue condenado con una orden de alejamiento con su última pareja, debido a malos tratos, condena que pudo ser mucho peor, gracias a sus contactos y su poder económico, ya que en una de la varias agresiones, se le fue la mano y casi la mata a golpes.

    Eran las 7:45 de la tarde cuando Eduard salía de la cochera con su flamante Audi A8 azul lunar metalizado. Le apetecía conducir, y eso es lo que hizo. Durante alrededor de una hora estuvo conduciendo por las calles y avenidas de Nueva York, en más de una ocasión puso su coche a más velocidad de la que debería, pero aquella noche quería desahogarse un poco. De vez en cuando paraba en algún bar de copas que veía en su camino, se tomaba un Whisky y proseguía su marcha.

    La verdad es que no tenía un rumbo determinado, se dejaba llevar simplemente y de manera aleatoria por las calles y paraba en cualquier bar. Estuvo así hasta casi la medianoche, cuando se dio cuenta que estaba en uno de los barrios más conflictivos de la ciudad, pero le daba igual.

    Pasaba en ese momento por una calle donde los camellos pasaban drogas sin miedo alguno a ser vistos y en las aceras varias prostitutas intentaban hacer negocio con posibles clientes, cuando un semáforo en rojo le detuvo el paso. Fue en ese instante cuando alguien golpeó con los nudillos la ventanilla de su coche, giró la cabeza a la izquierda y vio una preciosa chica aunque con demasiado maquillaje. Le hizo el gesto de que bajase el cristal, y así lo hizo.

    -Hola guapo. ¿Qué haces tan solito? ¿Te apetece algo de compañía? –Dijo aquella chica con voz sensual.

    Por un momento Eduard se quedó pensativo. Lo cierto es que no le gustaba la idea de tener relaciones con una prostituta, pero entre que la muchacha era un encanto y las dos copas de más que llevaba encima, casi ni lo dudó.

    -¡Qué demonios! –Dijo él. – ¡Vamos! ¡Sube al coche!

    La chica, rápidamente, dio la vuelta al vehículo por delante, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
    Mientras iba conduciendo, él le preguntó:

    -¿Y bien? ¿Dónde tienes pensado que lo hagamos?

    -Pues donde tú quieras cariño –Dijo ella. –Podemos hacerlo aquí en el coche, o en un hostal a unas 4 manzanas, que es el sitio donde suelo trabajar. Ya me entiendes. Pero he de decirte antes cuales son mis condiciones. Son doscientos pavos por media hora, nada de hacerlo por detrás y de meterme nada en la boca tampoco. Si vamos al hostal, los gastos corren de tu parte.

    -¡Lo que tú digas, encanto! –Dijo Eduard con media sonrisa y guiñándole un ojo.

    Veinte minutos más tarde se encontraba desnudo y boca arriba sobre una cama no demasiado cómoda y con la chica, también desnuda, sentada sobre él. Pese a haberse tomado varias copas, se sentía genial, tanto era así, que notaba una fuerte excitación. La muchacha no paraba de moverse sobre él y gemía de placer cómo una posesa, mientras la penetraba le acariciaba los pechos con fuerza, y cada vez con más fuerza hasta que ella comenzó a apartarle las manos, ya que cada vez le hacía más daño.

    -Quiero que te pongas en posición del perrito. –Exclamo Eduard, con ojos lujuriosos.

    -¿La postura del perrito? –Preguntó la chica algo preocupada.

    -¡A cuatro patas! ¡Joder! –Gritó él. Y ella obedeció bastante asustada.

    Entonces él se puso de rodillas sobre la cama, justo detrás de ella, dejando su miembro a la altura del trasero de la muchacha, y agarrándola fuertemente de las caderas.

    -Ten cuidado con lo que haces, cómo te dije antes, por detrás no. –Dijo ella ahora, algo confusa y muy angustiada, ya que aquel hombre parecía cada vez más ansioso y violento.

    Pero él hizo caso omiso, e hizo lo que ella no quería. La forzaba y sujetaba con fuerza mientras la penetraba por el esfínter. Fue cuando ella comenzó a gritar, eran gritos de dolor, y al mismo tiempo pidiendo ayuda. Pero aquel hostal era precisamente un lugar donde las prostitutas llevaban a sus clientes, por lo que era normal oír ciertos gritos, aunque en esta ocasión esos gritos podían diferenciarse, lo cierto es que nadie acudía a ayudarla. Aun así, Eduard le tapó la boca con su cinturón que estaba sobre la cama, y comenzaba a tirar con fuerza, haciendo que el cuello de ella estuviese completamente doblado hacia arriba.
    Pero en un descuido ella pudo zafarse, poniéndose en pie e intentando huir y pedir socorro, pero él se levantó rápidamente y la empujó contra la pared. Luego le quitó el cinturón que le apretaba la boca, y comenzó a fustigarla con fuerza. Estaba descontrolado.

    -¡Maldita zorra! – Gritaba Eduard mientras la chica apenas tenía ya fuerzas para seguir gritando.

    Cuando se cansó paró de azotarla, y empezó a vestirse, mientras la chica permanecía inmóvil en el suelo, arrinconada contra la pared en posición fetal y sollozando.
    Una vez vestido, sacó un fajo de billetes del bolsillo del pantalón, y los arrojó sobre el cuerpo de ella.

    -Ahí tienes 1.000 dólares, más de lo acordado, aunque no te lo merezcas. Deberías dedicarte a otra cosa, el sexo no es lo tuyo. –Dijo él, bastante más calmado y dirigiéndose a la puerta para marcharse.

    Era aproximadamente la 1:30 de la madrugada cuando Eduard salía del hostal.

    Miró su reloj y pensó:

    -Uff, que tarde es ya, y mañana tengo una reunión a primera hora. Me caigo de sueño. Necesito llegar ya a casa y dormir algo.

    Anduvo los aproximadamente 20 metros que le separaban de su vehículo. Lo abrió, se sentó y lo puso en marcha. Hizo varias maniobras para poder sacarlo de entre los dos coches donde lo tenía estacionado, encendió las luces y justo cuando se disponía a salir, una mujer mayor le cortó el paso.
    Era una mujer anciana de unos 70 años, afroamericana, vestida con harapos y ropa sucia, su cabello completamente despeinado y acompañada de un carrito de supermercado lleno de objetos, algunas mantas y cartones. Evidentemente era una indigente y sintecho.

    -¡Quítese de en medio, señora! –Grito Eduard abriendo la ventanilla.

    -¿Tiene unas monedas señor? –Preguntó la anciana.

    -¿No me ha oído? ¡Quítese de ahí si no quiere que la atropelle! –Exclamo él, enfadado.

    -Pero sólo quiero unas monedas, y por el coche que lleva y cómo viste, no creo que sea pedirle demasiado. –Continuó hablando la mujer.

    Eduard comenzó a enfadarse de verdad, aceleró el motor e hizo varios intentos de salir hacia delante, esperando que se asustara y se quitara de ahí, pero la anciana permanecía quieta.

    -Sólo un par de monedas. ¡Vamos! ¿Qué le cuesta? –Insistió aquella mujer.

    Fue entonces cuando él salió del coche, fuera ya se sí, se dirigió rápido hacia ella.

    -¡Escúcheme! ¡No pienso darle ni un centavo! ¿Me ha oído? –Gritó mientras le enseñaba un puñado de monedas que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. –Y ahora apártese y quite ese carro de mi camino. ¿Me ha oído?

    Pero la anciana insistió. -Una sóla moneda señor y le prometo que me marcho.

    Fue entonces cuando en un ataque de ira, Eduard agarró cómo pudo el carro de supermercado y lo empujó calle abajo, volcándose éste y dejando caer en la mitad de la calle todo lo que había dentro.

    -Y ahora, si no se quita, haré lo mismo con usted. Es muy tarde ya para mí, y necesito dormir y descansar. ¿Me comprende o está sorda? –Dijo ahora él en un tono mucho más tranquilo, aunque seguía dando miedo.

    Pero la mujer no cejaba en su empeño.

    -Ya podría estar usted en su casa durmiendo si me hubiese dado un par de monedas. No pienso moverme hasta que no me las de. Así que usted verá.

    Una risa demoniaca salió de la garganta de él. Cuando si pensárselo dos veces, empujó a la pobre anciana, cayendo ésta a unos metros sobre el duro asfalto. Luego se metió en el coche, y antes de irse, le dijo a la mujer que yacía sobre el suelo dolorida:

    -No le he dado ninguna moneda porque no me ha dado la gana. ¿Me entiende? Y ahora, adiós. Me voy a casa dormir calentito en mi cama con sábanas de seda, cosa que usted jamás podrá hacer.

    -Espere un momento señor. –Replicó la mujer. Luego pronunció unas palabras extrañas, que parecían otro idioma, hizo unos misteriosos gestos con los brazos, y luego dijo:

    -Váyase ya señor, pero desde ahora le digo que nunca volverá a dormir.

    Eduard no oyó nada, ya que salió de allí a todo trapo y patinando ruedas, dejando a la anciana sentada en la calle, herida y magullada.

    Eran las 3 de la madrugada cuando tras haberse dado una ducha y comido un sándwich, se acostó en su cama. Estaba realmente cansado. Se preguntaba si había sido buena idea haber salido aquella noche y más aún teniendo una importante reunión a primera hora de la mañana. Normalmente se iba a la cama sobre las 11 de la noche, pero esta vez se había pasado, máxime cuando a la 6 era la hora en que sonaba el despertador.

    Se puso cómodo, cerró los ojos e intentó conciliar el sueño lo antes posible. Se sentía realmente agotado, por lo que pensaba que no tardaría en dormirse, pero no fue así. No conseguía encontrar una postura cómoda, se sentía algo inquieto, nervioso y no podía dejar de moverse de uno al otro lado de la cama. Hasta que al cabo de un buen rato, parece que comenzaba a quedarse dormido, pero nada más lejos de la realidad. Nuevamente comenzó a dar vueltas en la cama.
    Había pasado ya cómo una hora y media, cuando se levantó en busca de un vaso de leche, pensando que le ayudaría a dormir. Luego de tomárselo se volvió a acostar, pero nada, era inútil, no podía conciliar el sueño. Y así pasó las tres horas, hasta que sonó el despertador.

    A pesar de no haber pegado ojo, Eduard llegó puntual cómo siempre a su oficina y no tuvo ningún problema para asistir a la reunión, y que ésta fuese un éxito para sus intereses y los de la empresa, y no fue hasta la hora del almuerzo cuando realmente comenzaba a sentirse cansado.
    Deseaba con todas sus fuerzas echar al menos una cabezadita, aunque sólo fuese una hora, pero tenía mucho trabajo pendiente sobre la mesa de su despacho, de modo que no tuvo más remedio que seguir trabajando después de almorzar.

    Serían las 8:30 de la tarde, cuando al fin llegó a casa, estaba completamente rendido, no tenía ni ganas de comer, de modo que se quitó el traje, dejándolo simplemente en el suelo del salón y se fue directamente a la cama.
    Tres horas más tarde, Eduard estaba sentando sobre la cama, con los ojos abiertos cómo platos, miraba fijamente al suelo, pensativo, no podía explicarse el motivo por el cual no conseguía dormir.
    Sentado allí, en la cama, se pasó un largo rato pensando y pensando. Se le ocurrió la idea de que tal vez algún somnífero sería la solución, pero esos medicamentos sólo se podían conseguir bajo prescripción médica, y ya tendría que esperar hasta mañana. De modo que viendo que no podía dormir en la cama, se sentó en el sofá a ver la televisión, pensando en que quizás se quedase allí dormido, pero no hubo suerte, y sólo se dedicaba a cambiar los canales con el mando, así se pasó toda la noche.

    A las 7:30 de la mañana estaba ya esperando en la puerta de la consulta de su médico, y eso que no abría hasta las 8:00, pero no podía aguantar más.
    Más tarde, tras una larga charla con el doctor, éste le recetó unas pastillas para dormir, pero le insistió en que eran una pastillas muy fuertes, que sólo debía tomarse una, 15 minutos antes de irse a la cama, 2 a lo sumo. Eduard lo comprendió perfectamente y salió de la consulta.

    Fue otro día de trabajo intenso, pese a estar agotado, aún tenía fuerzas para cumplir con sus responsabilidades. Aunque sabiendo que ya disponía de la medicación adecuada para dormir, las horas se hacían más pasables.

    Aquella noche, y tal cómo le recomendó el médico, se tomó una de las pastillas. Al fin podría descansar. Estaba contento y al mismo tiempo expectante con la idea de poder dormir toda la noche, pero no fue así. Dos horas después de acostarse seguía sin poder pegar ojo, entonces, y tal cómo le dijo su doctor, se tomó una segunda pastilla, pero sin ningún resultado.
    Fue otra noche que la pasó sentado en el sofá.
    No llegaba a entender que le pasaba, él nunca había tenido problemas con el sueño, pero ahora…
    Pensaba y pensaba y no encontraba las respuestas. Pero se repetía una y mil veces:

    -¡Quiero dormir! ¡Por favor, quiero dormir! ¡Quiero descansar!

    Aquella mañana no fue a trabajar, ni aquella mañana ni las siguientes, llamaba por teléfono a su nueva secretaria, diciéndole que se encontraba indispuesto y le daba alguna que otra tarea, hasta que pasados unos 6 días, ya ni siquiera llamaba.

    El aspecto del rostro de aquel hombre era ya preocupante. Sus ojos siempre abiertos de par en par, muy rojos y con los vasos sanguíneos claramente marcados e incluso le dolían. Mostraba también unas ojeras enormes y los párpados completamente hinchados. A eso se le sumaba que llevaba días sin asearse, con el pelo enmarañado y sucio, y con la barba ya descuidada por completo.

    De vez en cuando se levantaba del sofá y caminaba por toda la casa, pero tenía que sentarse debido a los mareos y los dolores de cabeza. Síntomas claros de falta de descanso. A veces le entraban unas ganas enormes de comer, por lo que pedía algunas pizzas, la cuales se las comía en un suspiro. Comenzaba a tener alucinaciones, oía voces por las habitaciones, incluso en una ocasión vio detrás de él a la anciana indigente diciéndole:

    -Unas monedas señor.

    Pensaba que se estaba volviendo loco, estaba empezando a desesperarse, ya ni sabía el día que era, había perdido por completo la noción del tiempo.

    Llevaba ya ocho días sin dormir y sin salir de su apartamento, el teléfono no paraba de sonar, pero al descolgarlo no podía hablar, las palabras no le salían, en lugar de hablar tan sólo balbuceaba, mientras la mano que sostenía el móvil le temblaba sin control alguno dejando caer el teléfono al suelo. En una ocasión y hablando entre dientes sin entenderse ni él mismo lo que decía, buscó el frasco de las pastillas que le recetó el médico, y se lo tomó por completo. Estaba desesperado por dormir, pero tampoco lo consiguió, salvo que se le agravara la situación, ya que comenzó a vomitar y a tener fuertes dolores abdominales. Se quería morir.

    10 días después, 10 días que llevaba ya sin dormir, se encontraba tumbado en el suelo de la cocina, su aspecto era lamentable, ahora si era él el que parecía un mendigo, un indigente. Tenía, cómo ya era habitual, los ojos abiertos, movía sin control los brazos y las piernas, ya ni siquiera controlaba sus necesidades fisiológicas, y olía realmente mal.

    Llegados a este punto, se podría esperar ya un final trágico, y en lo más profundo de su ser, quería morirse y cuanto antes, ya que en los pocos momentos de lucidez, pensaba que era la única forma que tenía de poder descansar, y precisamente en uno de esos momentos, sacó fuerzas de donde no había, hasta llegar a alcanzar uno de los cuchillos que había sobre la encimera de la cocina. Para ello tuvo que ir arrastrándose por el suelo y a duras penas, sentarse en una de las sillas.

    En sus manos temblorosas sujetaba un gran cuchillo, un cuchillo cuya hoja podría tener unos 18 o 20 centímetros y bastante ancha. Eduard estaba dispuesto a acabar con su sufrimiento, pero no tenía apenas fuerzas, aunque se le ocurrió una idea.
    Dejó caer el cuchillo al suelo, para luego dejarse caer él. Una vez en el suelo se puso boca abajo, y con las fuerzas justas tomó el cuchillo con ambas manos, colocando éste verticalmente y apoyándolo en el suelo con la punta hacia arriba, luego levantó la cabeza y colocó su cuello sobre el extremo afilado. Tan sólo tuvo que dejar caer la cabeza para que aquel enorme cuchillo atravesase su garganta saliendo luego por debajo de la nuca.
    Eduard se había suicidado. Parece que al fin pudo descansar.

    Mientras iban pasando los días, sus compañeros de trabajo no paraban de llamarle por teléfono, intentando saber cómo se encontraba, ya que pensaban que estaba enfermo, pero el móvil de Eduard estaba apagado y el teléfono fijo no era atendido, por lo que no podían saber nada de su estado. A decir verdad, ni siquiera le echaban de menos, ni incluso su familia más allegada, ya que apenas tenía trato con ellos y en cuanto a sus compañeros de la oficina, pues igual, se sentían incluso más tranquilos, sin tener que aguantar los enfados constantes de su jefe. De hecho nadie denunció su desaparición.

    Pero las semanas iban pasando, y la presencia de un director ejecutivo en una empresa era fundamental. Por lo que al cabo de un mes, la multinacional, en vista de la desaparición de Eduard, se vio obligada a nombrar un sustituto, dado que éste no daba señales de vida y desde aquel momento ya nadie se acordó más él.

    Mientras tanto los vecinos del apartamento de Eduard se quejaban de mal olor que procedía de su puerta. Era un olor que con el paso de los días se hacía más nauseabundo. De modo que se pusieron en lo peor y llamaron a la policía, que no tardó en llegar.

    -¿¡Oiga!? ¿Hay alguien dentro? –Gritó uno de los agentes dando golpes en la puerta del apartamento de Eduard, pero evidentemente nadie respondía. De modo que se vieron obligados a usar la fuerza, y con la ayuda de un ariete rompepuertas, consiguieron acceder al interior.

    El olor se hacía ya completamente insoportable, un olor a muerte lo cubría todo. Los dos policías, con las manos en la nariz y la boca, para intentar soportar el mar olor, iban examinando las habitaciones, en busca de algún cadáver. Llegaron a la cocina donde vieron un gran charco de sangre seca en el suelo. Cuando en ese momento, el sonido de unos pasos torpes y lentos que se arrastraban por el suelo, se les acercaba por el pasillo.
    Los dos policías no daban crédito a sus ojos, incluso retrocedieron al ver cómo un cadáver descompuesto y en un estado de putrefacción avanzada se dirigía hacia ellos con las manos extendidas, cómo pidiendo auxilio.

    Los policías aterrorizados sacaron su arma.

    -¡Alto! ¡Deténgase!

    Pero el cuerpo muerto de Eduard seguía caminando hacia ellos, fue entonces cuando uno de los agentes vio que aquel hombre tenía un cuchillo de cocina atravesando su cuello.
    Los policías muertos de miedo, le gritaron de nuevo:

    -¡Alto! ¡Deténgase!

    Entonces el cadáver de Eduard se detuvo y con una voz muy forzada y gutural dijo:

    -¡Ayúdenme, yo sólo quiero dormir, mátenme ya por favor!
    mago y jose angel les gusta.

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    jose angel (Hace 2 días)

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