Lógicamente, Roma no sólo perdió estas dos legiones, pero tanto la de Craso en Carrhae como la IX Hispana en Britania han sido las más llamativas por el misterio que rodea a su desaparición. Esta es su historia…

La legión de Craso

A finales de la primavera del 53 a.C., un enorme ejército romano comandado por Marco Licinio Craso, el hombre más rico y arrogante de Roma, triunviro junto a César y Pompeyo y gobernador de Siria en aquel año, se adentró en territorio parto dispuesto a lograr en los confines de Asia el honor y la gloria que no podía comprar con su inmensa fortuna. Fue el 9 de Junio cuando se encontró con el general parto Surena al frente de un contingente de caballería ligera y catafractos (caballería pesada) Aquel enfrentamiento se produjo en la desolada planicie de Carrhae (hoy Harrán, en Turquía), y se saldó con la más ignominiosa derrota de un ejército romano en Oriente. De los cerca de 40.000 efectivos que movilizó Craso, sólo volvieron a Siria unos 6.000 hombres al mando del cuestor Cayo Casio Longino (uno de los posteriores asesinos de César). Unos 20.000 legionarios dejaron su sangre y vida en el desierto, así como Craso y su hijo, pero… ¿Qué sucedió con el resto?


Sabemos por Plutarco y Tito Livio que no todos los prisioneros fueron esclavizados en las minas de Bactriana (hoy Afganistán), sino que una parte de ellos pudieron ser utilizados como tropas auxiliares en los confines del Imperio Parto, formando una primera línea de choque cerca del río Oxus (hoy Amu Daria) ante la presión de los nómadas de las estepas, los hunos. Nunca más se supo de ellos.

Marco Antonio trató de invadir Partia unos años después dispuesto a vengar a Craso y su expedición contra el rey Fraates acabó en un absoluto desastre, sumando casi 10.000 muertos más a la lista negra que rodeaba la campaña parta. Años después, Augusto, menos beligerante y más diplomático, trató de recuperar las águilas, pero sólo consiguió un intercambio de prisioneros sobre el 19 a.C. Y tras las postreras gestiones del princeps, el olvido se tragó a los cautivos de Carrhae hasta que la tecnología y el conocimiento global de la Historia nos ayudaron a atar cabos. Recientes investigaciones nos permiten conjeturar una hipótesis tan insólita como factible: quizá los extraños soldados que mencionó el historiador chino Ban Gu en su relato sobre la defensa de la ciudad de Zhizhi en el 36 a.C. (hoy Dzhambul en el Uzbekistán) pudiesen ser los restos de las legiones de Craso; este cronista describió en su biografía de las gestas en los confines de Xinjiang del general Gan Yanshou como se encontraron con hombres veteranos y muy disciplinados que se fortificaban en campamentos cuadrados de madera y que luchaban siempre «alineados y desplegados en una formación como de escamas de pescado», una descripción muy gráfica del testudo romano… ¡Una legión contra los ejércitos de la dinastía Han!


Tras duros combates, la ciudad de Zhizhi cayó y los chinos deportaron cerca de un millar de aquellos bravos soldados, alojándolos sobre el año 5 en una nueva ciudad en el territorio de Zhelaizhai, ya a las puertas del desierto del Gobi, a la que llamaron Li-jien (adaptación de la palabra legión, que era como los chinos conocían al fastuoso país que se extendía más allá de Alejandría, el Imperio Romano). Este lugar cambió de nombre años después, siguiendo las tendencias de Confuncio, para llamarse Jie-Lu (que significa cautivos). A día de hoy, en Zhelaizhai sigue habiendo personas de ojos azules o verdes, rubias o pelirrojas, o con nariz aguileña y cabello rizado; además, en los habitantes de la zona hay una coincidencia del 46% con el ADN de la población europea… ¿Serán los herederos de la Legión Perdida de Craso?

La IX Hispana («La Legión del Águila»)

El origen de la IX es a día de hoy todavía dudoso. El divulgador histórico Stephen Dando-Collins sostiene en su libro Las Legiones de Roma que esta unidad fue reclutada en Hispania por Pompeyo el Grande en el 65 a.C. junto a la VI, VII y VIII, pero también se sabe que Julio César comandó una IX durante su estancia en Hispania y que dicha unidad lo acompañó a la Galia sobre el 58 a.C., permaneciendo allí a su mando durante toda la campaña.

Cuando la guerra civil entre César y el Senado estalló en enero del 49 a.C. la novena seguía bajo las órdenes del dictador. Sabemos que en el 48 a.C. participó en la batalla de Dirraquio (hoy Dürres, Albania) y Farsalia (en Tesalia, Grecia), y en el 46 a.C. en Ruspina (hoy Monastir) y Tapsos (Ras Dimas, ambas en Túnez) contra las fuerzas pompeyanas, siendo licenciados sus integrantes al final del conflicto y alojados en el Piceno, patria chica de los Pompeyo.

Fue Octavio, el heredero de César y futuro Augusto, quien tiró de aquellos veteranos y rearmó la IX de cara a su enfrentamiento con Sexto Pompeyo en Sicilia, participando en las operaciones que Agripa dirigió contra el último republicano en la decisiva batalla de Nauloco (hoy Spadafora, Messina). Tras la derrota de Pompeyo, la IX fue acantonada en Macedonia, donde estuvo hasta que fue movilizada en el bando de Octavio ante el avance de Marco Antonio. Se sabe que en la batalla de Accio (hoy Preveza, Grecia), el 2 de septiembre del 31 a.C., la IX era una de las legiones cuyo mando ostentaba Tito Estatilio Tauro, comandante en jefe de las fuerzas de tierra de Octavio. Fue tras la gran victoria de Accio cuando la IX acompañó a Octavio a Hispania, durante su estancia en la Tarraconensis, para participar activamente en las guerras cántabras (25-13 a.C.). Es probable que el título de hispana proceda de esta larga campaña en la que la unidad estuvo implicada. También se cree que el emblema de la legión era un toro, atributo hispánico que puede ser o no casualidad.


Después de la campaña cántabra, la IX pasó una buena temporada en el Rin, después a Panonia (hoy Hungría) y posteriormente, ya en tiempos del emperador Tiberio, a la Cirenaica para combatir al rebelde Tacfarinas en el interior de la actual Libia, hasta que Claudio, en el 43 para ser más exactos, se acometió la invasión de Britania y la IX formó parte de las fuerzas desplazadas a la isla por el legado Aulo Plautio. En el 50 la IX fue una de las legiones que vencieron al régulo local Calgaco en Caer Caradoc (hoy Shropshire). Acampada de forma permanente en Lindum Colonia (hoy Lincoln), allí permaneció hasta el 61 cuando la rebelión de la reina Boudica alzó media Britania contra Roma, fue movilizada por el gobernador Suetonio Paulino y sufrió una severa derrota al mando del legado Quinto Petilio Cerealis en Camulodunum (hoy Colchester). Solo la caballería pudo escapar de la matanza y tuvo que ser reforzada con dos mil hombres procedentes de levas germanas para volver a entrar en combate. Diez años después, Cerealis volvió a Britania como gobernador, derrotó a los brigantes y estableció la base permanente de la IX muy cerca de Eboracum (York). Por ello, es probable, pero no está contrastado, que esta legión participase en la futura construcción del Muro de Adriano.

Entre el 82 y 83, la IX participó activamente en la invasión que Gneo Julio Agrícola llevó a cabo en Caledonia (hoy Escocia), siendo la más destacada en la batalla del Mons Graupius. La única fuente histórica que narra estos hechos son los textos de Tácito, suegro de Agrícola, por lo que hay que poner en cuarentena los grandes éxitos del romano pues podríamos estar ante un panegírico para mayor gloria de un romano valiente y osado que acabó muy mal por la envidia de Domiciano. La última aparición de la IX en Britania corresponde a la campaña del 108, pero no desapareció en las brumas o fue aniquilada entre el 108 y 120 como tan bien narró Rosemary Sutcliff en su novela juvenil El Águila de la Novena, sino que siguió su camino por las fronteras de un imperio cada vez más inestable.

La arqueología y la epigrafía han derrumbado el mito que inspiró a la autora británica para crear su exitosa novela o a los guionista de la película La legión del águila. Hoy sabemos que hasta el 131 la IX estaba destinada en tierras bátavas, en Noviomagus (Nijmegen, Holanda), año en que fue enviada a la comprometida frontera oriental. Esa es la última fecha conocida de la IX. Su rastro se pierde en Oriente, quizá en Judea durante la rebelión de Simón Bar Kobja (132-135), tal vez en Armenia o Capadocia en tiempos de Marco Aurelio (161), o incluso en una invasión germana en el 162. Lo plausible es que en la lista de legiones en activo del emperador filósofo la IX ya no aparecía. No es esto algo inusual, y más sabiendo lo proteccionistas que eran los historiadores romanos en todo lo referente a derrotas frente a bárbaros, minimizando el impacto, e incluso ocultando evidencias en bien de la estabilidad del estado.

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 24 agosto 2019

La de Craso y la IX Hispana, las legiones perdidas de Roma