Representación de la Burbuja Local. Linda Huff/ PRISCILLA FRISCH

Parafraseando a Carl Sagan “estamos formados de polvo de estrellas”, pero eso implica que somos el resultado de la explosión en forma de supernova de uno o varios soles. Pero aunque nuestro Sistema Solar tiene unos 4.600 millones de años, esas estrellas siguen explotando a nuestro alrededor y hace unos 10 millones de años, un cúmulo cercano de estrellas estalló como una serie violentas supernovas y, de acuerdo a las nuevas observaciones, el plasma que alcanzo varios millones de grados durante estas gigantescas explosiones se encuentra ahora alrededor del Sistema Solar.

Desde hace ya algún tiempo sabemos que el Sistema Solar vaga por el espacio atravesando la que se conoce como “Burbuja Local”, pero una misión suborbital lanzada en 2012 ha despejado todas las dudas sobre el origen de esta región que tiene unos 300 años luz de ancho por la que navegamos.

A una temperatura de más de un millón de grados Kelvin, la ‘sopa’ de supernovas en realidad es muy tenue, apenas encontramos 0.001 átomos por centímetro cúbico, y es muy diferente de las otras partículas de materia que ocupan el medio interestelar.

La idea generalizada señala que varias estrellas masivas vecinas se convirtieron en supernovas una vez alcanzó el final de sus vidas. Aunque estos eventos liberan al espacio enormes cantidades de energía, al parecer no estaban lo suficientemente cerca a la Tierra como para que supusieran un serio problema para la vida de nuestro mundo. Y estas supernovas tuvieron lugar durante las primeras etapas de la evolución humana, cuando los primeros homínidos hicieron su aparición sobre la Tierra.

La evidencia de la existencia de la Burbuja Local ha estado gestándose desde hace varias décadas y podemos inferir su presencia gracias a las observaciones de rayos X que bañan la galaxia, detectándose emisiones que parecían surgir de todas direcciones. Aunque esta evidencia parecía indicar la presencia de una antigua supernova en esta sopa galáctica, también había otra interpretación posible.

“En la última década, algunos científicos han desafiado esta interpretación, lo que sugiere que gran parte o la totalidad de los rayos X blandos del fondo difuso es más bien una consecuencia del intercambio de cargas”, F. Scott Porter del Centro Espacial Goddard, refiriéndose a que este intercambio de carga puede tener lugar entre los iones de viento solar (partículas cargadas que carecen de electrones) y los gases neutros. Cuando los dos gases entran en contacto dentro del Sistema Solar, como por ejemplo entre el viento solar y la coma de un cometa, las partículas neutras pueden perder sus electrones, lo que genera emisiones de rayos-X.

Así, muchos astrónomos argumentaron que este resplandor de rayos X difuso observado y que surgía desde todas direcciones podría ser un fenómeno que tendría lugar en el interior del Sistema Solar, eliminando así la posibilidad de que en realidad tuviesen su origen en las partículas supercaliente lanzadas por una supernova hace 10 millones años de edad.

Para poner fin a este debate, un equipo internacional de científicos construyó un instrumento destinado a captar la emisión de rayos X difusa de nuestro entorno (DXL) y tratar así de distinguir estos dos posibles escenarios.

Tras alcanzar una altitud de unos 260 kilómetros, el DXL pudo determinar que tan solo el 40 por ciento de las emisiones difusas de rayos-X eran resultado del intercambio de carga. Así, el resto de las emisiones debe proceder de la Nube Local, de fuera del Sistema Solar. Por ello, y al comprobar fehacientemente la existencia de la Burbuja Local, esta debe estar llena de partículas cargadas procedente de una serie de supernovas que tuvieron lugar hace 10 millones de años.

“Este es un descubrimiento significativo,” comentó Massimiliano Galeazzi, de la Universidad de Miami en Coral Gables, que dirigió el equipo. “Afecta a nuestra comprensión de la región de la galaxia cercana al Sol, y puede, por lo tanto, ser utilizado como una base para futuros modelos de la estructura de la galaxia.”

El trabajo ha sido publicado en la revista Nature el 27 de julio.

espacioprofundo.es 31/08/14