Algunos hechos históricos lucen tan bien en pantalla que casi podría decirse que sucedieron para ser convertidos en película, y pocos entre ellos son tan fotogénicos como los Juegos Olímpicos de 1936. Durante unos días de agosto,todo lo heroico que el deporte encarna colisionó con toda la ruindad que la política es capaz de representar. Los grandes villanos de la catástrofe global que se avecinaba se reunieron en la capital alemana para rendir tributo a su propia vileza, pero bastaron 10.3 segundos y un hombre negro, de nombre Jesse Owens, para sabotear sus aspiraciones. Ahora El héroe de Berlin recrea la odisea de Owens desde las pistas de atletismo de la Universidad Estatal de Ohio hasta su subida a lo más alto del podio olímpico –cuatro veces– frente a la horrorizada mirada de la cúpula nazi. Dirigida por Stephen Hopkins, la película se estrena el 15 de abril a modo de anticipo del 80º aniversario de la hazaña.

A principios de 1936, según muestra la película, Estados Unidos estuvo a punto de boicotear los Juegos. Alemania había ganado la candidatura para organizarlos cinco años atrás, dos antes de que los nazis llegaran al poder.La creencia del Führer en la superioridad genética alemana, lo que él llamaba la "raza aria", ya estaba dándose a conocer y generando inquietud internacional. Cuando el comité olímpico estadounidense visitó Berlín para negociar los términos de la participación norteamericana, en los exteriores del Estadio Olímpico vieron señales que rezaban: "Ni judíos ni perros". Tampoco los negros, por supuesto, eran precisamente del agrado de Hitler. Los veía como seres infrahumanos, y había criticado duramente a Estados Unidos por incluirlos en su equipo.


Owens era hijo de un aparcero y nieto de un esclavo. Él mismo había recogido algodón en plantaciones de Alabama desde los 6 años. En medio de la Gran Depresión, mientras trabajaba a tiempo parcial para ayudar a mantener a su familia, logró ingresar en la universidad y allí se reveló como un atleta extraordinario. En mayo de 1935, en una competición en Míchigan, había completado una de las actuaciones más alucinantes de la historia del deporte: en solo 45 minutos rompió tres récords mundiales e igualó otro. Un año después, en consecuencia, era la gran estrella de la delegación olímpica americana.


NAZISMO EXTENDIDO



Cuando llegó a Berlín, banderas olímpicas y evásticas adornaban hasta el último rincón de la ciudad. Para prevenir la controversia, por otro lado, las señales antisemitas habían sido retiradas, y ni los atletas ni los visitantes judíos de otros países eran sujetos a las leyes antijudías. En el interior del estadio, rodeados de toda la simbología nazi, decenas de miles de espectadores jaleaban mientras los atletas nacionales dirigían el saludo fascista al palco de Adolf Hitler.
El Ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels, había diseñado el acontecimiento como el escaparate definitivo desde el que mostrar al mundo el triunfo de los atletas alemanes para demostrar así la superioridad física e intelectual aria. Para ello contrató a la aclamada cineasta alemana Leni Riefenstahl para documentar el acontecimiento –sorprendentemente, 'El héroe de Berlín' no solo exime a Leni Riefenstahl de toda culpabilidad moral, sino que llega a dotarla de cualidades humanitarias–. En Olimpiada, Parte 1 (1938), primera entrega del díptico documental resultante, aparece esplendorosamente capturada la carrera de 100 metros con la que empezó todo.

LA VICTORIA DE UN SER INFERIOR

El primer plano de la cara de Owens, el destello blanco del disparo de salida, el impulso de Owens y, a continuación, su erguida carrera de poco más de 10 segundos y, finalmente, el detalle de un Hitler petrificado, quizá consciente de que aquello echaba por tierra su falaz fantasía. Por si fuera poco, a lo largo de los siguientes días tuvo que contemplar cómo Owens se colgaba del cuello tres oros más, correspondientes a las pruebas de 200 metros, relevo de 4x100 metros y salto de longitud. Y peor aún: tuvo que comprobar cómo, durante esa última competición, el saltador alemán Luz Long hacía migas con Owens e incluso lo felicitaba calurosamente por su récord del mundo. Un hombre ario felizmente derrotado por un ser infrahumano.

"Decidí que iba a volar, que iba a permanecer en el aire", diría el americano posteriormente sobre ese salto de 7,25 metros que permanecería tres décadas imbatido. Para él, el atletismo representaba la libertad, frente a la política y la propaganda y frente a la raza y la segregación

La gran ironía de su historia es que logró desmontar públicamente la teoría de la superioridad germana mientras representaba a un país que no estaba precisamente en posición de dar lecciones. Tras avergonzar a Hitler en su propio terreno, fue celebrado como un héroe genuinamente americano –la historia, en todo caso, suele olvidarse de que en realidad a los Juegos de Berlín viajaron hasta 18 afroamericanos, y que 10 de ellos ganaron medalla–, pero lo cierto es que durante su estancia en la Alemania nazi no tuvo que vivir en viviendas segregadas o almorzar en comedores para negros, como sí le habría sucedido en su país.

Tras los juegos, Owens volvió a Estados Unidos celebrado como un ganador y un hombre récord, pero sus cuatro medallas de oro no cambiaron ni el mundo –la segunda guerra mundial y el Holocausto estaban a la vuelta de la esquina— ni mucho menos su propia vida. Todo cuanto le esperaba en casa seguía siendo segregación brutal y racismo, y no tardó en comprobarlo: cuando una fiesta en su honor se celebró en el lujoso hotel neoyorquino Waldorf Astoria fue obligado a acceder a ella usando el ascensor de carga. Asimismo, no fue invitado a la Casa Blanca a pesar de que esa era la costumbre para los medallistas olímpicos. El presidente Roosevelt ni siquiera le mandó un telegrama de felicitación. No fue hasta 1976, 40 años después, que el presidente Gerald Ford honró su triunfo concediéndole la Medalla Presidencial de la Libertad.

Cuando las medallas dejaron de brillar, la vuelta al mundo real de Owens no fue fácil. No hubo contratos millonarios ni acuerdos con Nike. Probó suerte en Hollywood pero, a diferencia de Johnny Weismuller –que había obtenido medallas olímpicas de natación antes de hacerse famoso gracias a las películas de Tarzán–, resultó no tener ni las cualidades ni quizá el color de piel adecuados.

Para ganarse la vida, Owens participó en duelos de velocidad contra caballos, tuvo una tintorería y trabajó en una gasolinera antes de declararse en bancarrota, hasta que en 1966 el Gobierno estadounidense lo rescató nombrándolo Embajador para el Deporte. Cuando murió en 1980, a causa de un cáncer de pulmón, las promesas de cambio social que sus triunfos en la pista un día encarnaron seguían incumplidas. Y hoy, 36 años después, una película, 'El héroe de Berlín' es estrenada en el contexto de una América lastrada por tensiones raciales y boicots a los Oscar y campañas triunfales de Donald Trump.