Al igual que hizo con Gangs of New York (2002), Martin Scorsese también podría haberse atrevido con Gangs of Mesopotamia. Transcurre en un tiempo en el que Mesopotamia pasaba por grandes convulsiones con la III Dinastía de Ur desaparecida y el mundo de los sumerios casi ya olvidado. Las ciudades de los dos ríos se convirtieron en caldo de cultivo para señores de la guerra, reyezuelos ambiciosos y generales sin escrúpulos que se comportaban como bandas de mafiosos. Localidades pequeñas reunían un ejército y conquistaban al vecino, mientras otras descollaban gracias al comercio. Entre estas últimas estaba la legendaria Mari.


Mari

Desde tiempos antiguos Mari había sido el centro del comercio y del lujo. Sargón de Akhad la colocó bajo su mando, y su nieto, Naram-Sin, la arrasó y quemó, pero 150 años después resurgió de las cenizas más rica que nunca. En lo alto del curso del Éufrates (Buranum, en aquellos tiempos), con astilleros en la cercana ciudad de Abarsil y rozando las fronteras de varios reinos, los habitantes de Mari vivían bastante bien. Si un peinado se ponía de moda en Mari, lo adoptaban en lugares tan lejanos como Elam. Si era un nuevo perfume, las mujeres de Erbilum se peleaban por él. En las ruinas del palacio se han encontrado paredes bellamente policromadas con escenas palaciegas, animales y plantas, estatuas dispensadoras de agua, restos de ventanas y puertas con los dinteles decorados con trenzas de arcilla policromada, una biblioteca de unas 25.000 tablillas y restos de tuberías y salas de baño… un mundo de hedonistas y gente que disfrutaba de la vida.

Un lugar como ese era codiciado. El padre de Zimri-Lim, uno de nuestros protagonistas, llamado Yakhdun-Lim (hay dudas sobre dicha paternidad), desplazó a su propio hermano del trono, fundó ciudades, ejecutó a rivales y se permitió, incluso, pelear con el rey asirio Shamshi-Adad I. Este último no era un angelito, pero tenía sus propios problemas en casa. El asirio, derrotado a las afueras de Nagar, optó por usar el método más viejo del mundo: sobornó a un hermano superviviente de Yakhdun-Lim, llamado Sumu-Khaman, consiguiendo que diera un golpe de estado colocándose en el trono de Mari. Ante las ansias asesinas de su tío, Zimri-Lim tuvo que huir a Alepo. Pero poco le duró la alegría al usurpador, pues Shamshi-Adad I, como buen tramposo, hizo que miembros de palacio se lo cargaran tres años después, colocando a uno de sus propios hijos en el trono. Y con esto cometió un grave error, porque el retoño le salió rana. Conservamos cartas del rey asirio a su hijo menor, Iasmakh-Adad, en la que le hace todo tipo de reproches: “¿Hasta cuándo tendremos que guiarte en todos los asuntos? ¿Eres un niño y no un adulto? ¿No tienes pelos en la barbilla? ¿Cuándo vas a asumir el mando de tu casa? ¿No ves que tu hermano dirige enormes ejércitos? Mientras él consigue victorias tú te recuestas entre mujeres. ¡Sé un hombre!”. Hasta su propio hermano mayor tuvo que ayudarlo con soldados para conservar el trono. Muerto Shamshi-Adad I, Zimri-Lim volvió del exilio y se convirtió en el nuevo chico del barrio. Por cierto, del pusilánime príncipe asirio no se volvió a saber nada.

Una vez recuperado el trono de su padre, Zimri-Lim acometió un gran programa de obras públicas, se casó con la hija del rey de Alepo, su antiguo protector, creó rutas comerciales, mantuvo a raya a las tribus rebeldes de la frontera e incluso le arrebató la ciudad de Rapiqum a un rey ambicioso del que comenzaba a hablarse en Babilonia, un tal Hammurabi. Todo parecía sonreírle. Por las tablillas descubrimos a un gran administrador que reformó las leyes y la hacienda; un hombre con un sentido del humor ingenioso al que se atribuyen muchos proverbios; un viajero curioso que dejaba descripciones escritas de los lugares que visitaba; un gobernante preocupado por los abusos de la corrupción, que no dudaba en intervenir ante la queja de un súbdito contra un burócrata; alguien temeroso de los dioses que permitió que mujeres de su familia se ocupasen de asuntos de estado… Pero también vemos a alguien amante del dinero que no duda en estafar a un vendedor de caballos, entregando estaño en vez de plata: “Usted es un gran rey. Cuando me pidió dos caballos se los llevé. En Qatna, entre nosotros, el valor de esos caballos es de 4,5 kilos de plata. ¡Pero solo me ha enviado 9 kilos de estaño! ¿Qué diría quien lo oyera?”. También descubrimos a un hombre coqueto, que habla con sus sastres para cuidar cada detalle de su vestimenta, y que no duda en hacer que le escriban una obra en su honor, la Epopeya de Zimri-Lim, donde se le presenta ante el pueblo como gran rey, gran legislador y gran general cuyos soldados “comen carne cruda”.


El rey Hamumurabi de Babilonia

Pero como en la vida de los mafiosos la felicidad no dura, el rey de Eshnunna lo desafió. Zimri-Lim, para enfrentarse a él, no dudó en aliarse con el mismo monarca al que había arrebatado la ciudad de Rapiqum, ese tal Hammurabi. Y ambos resultaron ser un equipo perfecto. El ingenio militar del babilonio se unió a las riquezas del de Mari. Juntos sometieron a Eshnunna, al Elam, a los montañeses de los Zagros, a los asirios subareos… Pero tras varias campañas en las que Mari ayudó con dinero y armas ¿algo pasó entre ellos? No se sabe. En todo caso, la alianza se rompió y Zimri-Lim se alió con Malgum para luchar contra Babilonia… y perdieron. Hammurabi convirtió a su antiguo amigo en su vasallo. Tiempo después, una revuelta palaciega, seguramente instigada por Babilonia, consiguió derrocar a Zimri-Lim, del cual no se volvió a saber nada. El babilonio, en un acto muy sospechoso, se llevó de la biblioteca de Mari toda la correspondencia entre él y su antiguo socio y la hizo destruir. Luego quemó el palacio con el resto de la biblioteca dentro (gracias a ello se ha conservado). ¿Qué había en esas cartas? Tampoco lo sabemos, pero está claro que un conquistador no desea que el pueblo recuerde que el derrotado fue una vez su camarada.

¿Y qué pasó con Zimri-Lim? Conociendo a los babilonios es posible que lo quemaran en su propio palacio o que acabara en el fondo del río con un peso en los pies. Pero a muchos asiriólogos les gusta imaginar que, tal vez, fue llevado a Babilonia cargado de cadenas, y que allí, con una bonita banda sonora de fondo compuesta por Nino Rota, el tal Hammurabi hiciera una seña al verdugo mientras le daba unas palmaditas en el hombro a su viejo compadre y le decía: “No es nada personal, Zimri, compañero. Son solo negocios”. Cualquier monarca de esa zona y ese tiempo lo habría considerado un gesto de muy buen gusto.

Colaboración de Joshua BedwyR autor de En un mundo azul oscuro


historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 31 mayo 2017

Gangs of Mesopotamia