A todos aquellos aficionados a la criminología, o incluso al género policíaco en sus más diversas formas, se nos acusa de “morbosos”, de enfermos ávidos de cuerpos inermes y sangre. Cuando ante un crimen fantaseamos ante la idea de quién pudo haberlo cometido, no faltan voces que nos urgen a hablar de otra cosa, de mirar hacia otro lado, como si fuera algo que no nos interesa a los demás, como si fuera un asunto entre alienígenas, que nada tiene que ver con nosotros. Pero se equivocan. La muerte de un semejante es lo que más nos acerca a nuestra naturaleza profunda, a nuestra esencia. Es más, el hombre es el único animal capaz de cometer crímenes, pero también de impartir justicia, y de escuchar a las víctimas. Esta es la filosofía que desde los comienzos guió a todos aquellos llevados a ampliar los conocimientos de la criminología, de la ciencia forense, y de todas las materias relacionadas con la investigación del delito.


Frances Glessner Lee

Uno de esos pioneros fue una mujer, Frances Glessner Lee (1878–1962). Frances estaba llamada a convertirse en una matrona estadounidense más propia de las novelas de Henry James que de Agatha Christie. Desde su posición “estrictamente femenina” (pónganse todas las comillas al calificativo) conjugó, a través de sus escenarios del crimen en miniatura o dioramas -la “realidad virtual” en su época-, lo bello del mundo, de su mundo de rica heredera, con lo peor que el mismo puede ofrecernos, a través del estudio del crimen y sus motivaciones.

Estamos ante una inquietante y a la vez extraordinaria colección de veinte pequeños escenarios en los que se recrean casos reales de homicidios, suicidios y muertes accidentales. En un escenario en el que bien pudieran haber ocurrido, porque aunque son recreaciones este dato no resta un ápice de verosimilitud. Glessner Lee, mezclando a partes iguales el talento, la destreza, la imaginación y una paciencia de dimensiones bíblicas, elabora cada una de las escenas para recrear hasta el más pequeño de los detalles: tejer diminutas medias con alfileres, pequeños cigarrillos rellenos de tabaco y quemados las puntas, minúsculas letras escritas con un pincel de un solo cabello…

Pero, ¿quién fue Frances Glessner Lee? Fanny (tal y como era conocida en el ámbito familiar) fue, sobre todo, una mujer extraordinaria. Hija de una rica familia de Chicago (la fortuna familiar provenía de International Harvester, una próspera empresa de maquinaria agrícola) tenía vetada la entrada a los estudios universitarios en razón de su sexo, mostrando un enorme interés por la medicina forense, que por supuesto, su familia intentó aplacar. No tuvieron demasiado éxito, porque en 1930, tras la muerte de su único hermano y sus padres, y convertida en heredera de la fortuna familiar, entra en la facultad de Harvard a la edad de 52 años.

Durante su infancia fue educada en casa junto a su hermano, en una mansión del centro de Chicago (hoy convertida en museo), diseñada por el arquitecto H.H. Richardson y calificada en ocasiones como un ejemplo de arquitectura “patológicamente privada” (a pesar de la indudable belleza del edificio, desde fuera es una especie de cárcel, rodeada de altos muros de piedra). Es fácil adivinar que Fanny y su hermano no tuvieron demasiado contacto con el mundo exterior, conjugándose este dato con la afición que desde pequeña tuvo a las recién salidas novela de Sherlock Holmes (cuando Conan Doyle publicó la primera novela de la serie, Frances contaba con nueve años). De ahí, pasamos a un matrimonio concertado con un hombre al que apenas conocía, que tras dieciséis años y tres hijos acabó en divorcio. Una vida que ella en ocasiones calificó de “solitaria y bastante terrible”, hasta que tuvo la oportunidad de dedicarse a su verdadera pasión y convertirse en pionera de un terreno hasta ese momento vetado a las mujeres. Pero los pioneros cuentan la mayor de las veces con inestimables ayudas, y en este caso fue fundamental el apoyo de uno de los amigos de su hermano, en aquel momento responsable Médico Forense en el condado de Suffolk, Massachusetts, el reputado doctor George Burgess Magrath.


Una de las labores de Magrath era realizar informes sobre las causas y circunstancias de determinados casos sin resolver. Y es entonces cuando se les ocurre la idea de los dioramas, convirtiéndolos en un “escenario cerrado” sin posibles elementos extraños a la investigación, y que haría mucho más fácil para los investigadores centrarse en los pequeños detalles que aclararían lo ocurrido. Junto a Magrath, estableció la necesidad de seminarios periódicos para los miembros de los diferentes cuerpos de policía implicados en la resolución de los casos, y sus dioramas se convirtieron en instrumentos docentes. A fecha de hoy, todavía vigentes para la policía de Baltimore y para la propia universidad de Harvard, que los utiliza en sus seminarios periódicos.

En su último diorama, el único que está sin terminar, “The Swedish Porch” Frances hace una recreación de su propia casa, de una habitación en la que a ella le gustaba estar. La recreación es perfecta, pero falta el cuerpo ¿casualidad?

Colaboración de María Valero


Para saber más
: Frances Glessner Lee, la Sherlock Holmes americana, Frances Glessner Lee y The Nutshell Studies of Unplained Death

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 17 diciembre 2018

Frances Glessner Lee, la madre de la ciencia forense