La Historia es injusta con las féminas. Y la Historia Antigua, todavía más. Dice la historiografía oficial que, tras la caída del Imperio Acadio, el pueblo Guti (se cree que son antepasados de los kurdos) bajó de las montañas y arrasó Sumeria creando pequeños reinos de taifas en cada ciudad al mando de reyezuelos montañeses. Durante 120 años hubo una era de oscuridad cultural. Apenas se han conservado documentos o estatuas. Es una auténtica edad oscura. Sin embargo, transcurrido ese tiempo, en la ciudad de Ur se inició la rebelión que dio lugar a la caída de los reyes gutis y el comienzo de la época neosumeria. Dicha rebelión la protagonizó Utukhegal, que se proclamó rey de Ur tras quitar de en medio al gobernante montañés de turno. Pero cometió un grave error: si deseas montar una insurrección, debes tener al ejército de tu parte. Las tropas estaban al mando del general Ur-Nammu, el cual, como suele ser habitual, organizó un golpe de estado y le arrebató la corona. Y es con Ur-Nammu con quien comienza la III Dinastía de Ur, conocida como “Renacimiento Sumerio” y también como “Edad de Oro de las Mujeres”. El rey Ur-Nammu llena páginas enteras de los libros de historia, pues aparte de ser un gran general que se merendó con dátiles -el tomate aún no se había traído de América– a todos los reyes gutis y tribus nómadas amorritas que se le pusieron por delante, nos legó uno de los códigos de leyes más antiguo, anterior al de Hammurabbi, y una bonita colección de poemas báquicos que por desgracia se han perdido (como diría mi abuela: “canciones de borrachos”, y es que al monarca le iba mucho lo de empinar el codo).


Ur-Nammu

En la mayor parte de los libros se le atribuye la construcción de los primeros zigurats de la historia, la mayor parte de los cuales no pudo ver terminados, aunque apenas se tardaba cuatro o cinco años en levantar uno. Sin embargo, debemos ser realistas. Si bien es cierto que la idea de crear un edificio como el zigurat debió ocurrírsele a él, pues es bien sabida la obsesión de los conquistadores por el tamaño, no debió tener tiempo para dirigir el cotarro, pues al final de su reinado estuvo muy ocupado intercambiando opiniones (bélicas, claro) con los nómadas amorritas. Entre batalla y batalla, el poco tiempo que le quedaba debió dedicarlo a los encantos de sus concubinas y la cata de cervezas, que no son malos pasatiempos.


Zigurat UR

En los libros se dice que nombró gran sacerdotisa del Recinto Sagrado de Ur a su hija, Ennirgalanna. Suele darse a entender que esto sucedió tras construirse el zigurat de Ur, el primero de la historia. Y aquí comienza uno de los típicos ninguneos de la historiografía a las mujeres. Y es que tenemos pruebas de que Ennirgalanna ya era Entu (gran sacerdotisa) antes de la construcción del zigurat. En las excavaciones de Ur se han encontrado restos de los ajuares funerarios de las Entum anteriores a la III Dinastía de Ur, que debieron ser esquilmados por los gutis al invadir la ciudad. En algunas de las piezas aparecen textos que indican que Ennirgalanna mandó restaurar y recoger las piezas destrozadas, los restos de la biblioteca y que arregló la residencia sacerdotal del templo. Sólo después de esa reorganización, con el recinto funcionando a pleno rendimiento, con las fábricas reconstruidas, las residencias y escuelas sacerdotales levantadas y el sistema teológico impuesto, pudo acometerse semejante obra innovadora.

Las princesas y reinas sumerias solían dirigir sus propias oficinas de negocios, enriqueciendo a los maridos mientras ellos se centraban en los encantos de las concubinas. Las mujeres cultas sumerias tenían estudios y Ennirgalannana, además, era la Entu del santuario. Ella era la diosa Ningal reencarnada en la tierra. Ella dirigía a los escribas, firmaba los contratos, controlaba a los contables, impartía justicia en el recinto sagrado… Y, evidentemente, ella debió dirigir las obras, contratando a los obreros y arquitectos. Otra evidencia la encontramos en el hecho de que, aunque el zigurat estaba dedicado al dios lunar Nannar (Sin en acadio), el templo superior se dedicó a la diosa Ishtar, de la cual sabemos que Ennirgalanna era muy devota, como digna sucesora de la gran Enheduanna.

Por suerte, los tiempos cambian, y los actuales historiadores están dispuestos a destacar las figuras de aquellas mujeres que fueron injustamente olvidadas por la Historia. A partir de ahora, cuando veáis una foto del zigurat de Ur, pensad en LA MUJER.

Colaboración de Joshua BedwyR


historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 19 mayo 2015

Ennirgalanna, la mujer que nos dio un zigurat