En 16 de junio de 1955 se estrenaba “La dama y el vagabundo“, una película de animación producida por Walt Disney en la que se cuenta la historia de Reina, una preciosa perrita de pura raza que vive feliz en su hogar, y Golfo, un perro vagabundo simpático y travieso. Pues en el siglo XIX Madrid tuvo su particular “Golfo”, en este caso llamado Paco, un perro vagabundo que llegó a compartir mesa con los hombres más poderosos de la villa, al que gustaba frecuentar el teatro Apolo, que nunca se perdía una corrida de toros… y al que nunca una “Reina” le robó el corazón. Esta es la historia de Paco, el perro más famoso de Madrid.

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Hace unos meses tuve la suerte de compartir mesa y mantel con el maestro, y amigo, Miguel Ángel Almodóvar en el restaurante Pombo 18 (Madrid). Siguiendo sus recomendaciones, pedí “bistec de Fornos al gusto del perro Paco” (una decisión muy acertada). Lógicamente, el pregunté por el curioso nombre de tan exquisito plato…


Café de Fornos (1908)

En la calle Alcalá esquina con la calle de la Virgen de los Peligros, donde hoy en día encontramos un Starbucks, estaba situado el Café de Fornos, uno de los cafés de tertulia más famosos que existieron hasta comienzos de siglo XX en Madrid. Pues este café sería el lugar donde nuestro protagonista tendría su primer encuentro con la alta sociedad madrileña. El 4 de octubre de 1879 un perro vagabundo se acercó a la comitiva encabezada por el Marqués de Bogaraya, don Gonzalo de Saavedra y Cueto, que se dirigía a comer al Fornos. Les debió hacer gracia, sobre todo al marqués, porque incluso le “invitó” a echar un bocado. Cuál sería la sorpresa del vagabundo cuando le dieron una chuleta de carne… el marqués se había ganado un incondicional. Paco, que así lo bautizó el marqués porque aquel día era el de San Francisco, se convirtió en un asiduo de todos los lugares frecuentados por su nuevo amigo: cafés, teatros… incluso las Cortes. Paco se convirtió en una estampa típica madrileña y en una especie de mascota de la villa. Tal era el cariño y respeto que los madrileños le profesaban que ya no hacía falta la presencia del marqués para que le “invitasen” a comer en los mejores establecimientos -aunque su preferido seguía siendo el Fornos-, que se permitiese su entrada en los clubs más exclusivos, que tuviese butaca reservada en los estrenos del Apolo con todos las localidades vendidas -dicen que no soportaba las malas interpretaciones y lo hacía notar con sus ladridos-… Aún así, él siempre rehusó, incluso enseñando los dientes, ser acogido en un hogar y vivir como un perro doméstico. Paco era un bohemio que gustaba tener el suelo como lecho y las estrellas como techo. Se escribieron canciones en su honor, los periódicos se hacían eco de sus últimas correrías, incluso hubo dulces con su nombre y chocolatinas con su imagen. Se publicó un periódico, El Perro Paco, que reflejaba las opiniones políticas y sociales del perro.

Pero si algo gustaba sobremanera al bueno de Paco eran las corridas de toros y, además, también tenía sus toreros favoritos: Frascuelo y Lagartijo. En aquellos años el coso taurino estaba situado en la misma calle Alcalá y Paco acompañaba a los toreros y sus cuadrillas camino de la plaza donde tenía vía libre de acceso. Aunque entre toro y toro bajaba a la arena y entretenía al respetable, durante la faena ocupaba su localidad y, como buen conocedor del arte de Cúchares, se mostraba crítico con los toreros que se “arrimaban” poco -dicen que su opinión/ladrido era muy respetado entre los críticos taurinos-… hasta que llegó aquel fatídico 21 de junio de 1882. Aquel día se celebraba una novillada a la que asistía Paco y en la que José Rodríguez de Miguel, Pepe el de los Galápagos, estaba cuajando una de las peores faenas que Paco había visto y, además, era incapaz de matar al novillo. Como ya había ocurrido hacía unos días, en una corrida en la que Paco recibió un par de revolcones cuando Gallito tenía dificultades para matar al astado, Paco saltó al ruedo para “ayudarle”. El orgulloso, y penoso, novillero no iba a permitir aquel agravio y golpeó al perro con el estoque para ahuyentarlo… pero Paco volvió a la carga ladrando y hostigando al toro. La fatalidad o la rabia hicieron que el segundo intento de José Rodríguez se clavase en el cuerpo de Paco. El público, al ver al perro caído en la arena en un charco de sangre, enfureció y de no mediar las fuerzas del orden allí mismo lo habrían linchado.

Los periódicos se hicieron eco del percance y día a día fueron informando de cómo evolucionaba… el día 27 moría Paco. Mayores y niños lloraban por igual la pérdida del perro de todos los madrileños. Fue disecado y estuvo expuesto en el Museo taurino hasta su cierre en 1889. Tal era su fama, que el pueblo de Madrid decidió hacer una colecta para erigir un monumento en su memoria en el parque del Retiro donde serían enterrados sus restos. Por culpa de un miserable, que huyó con el dinero recaudado, Paco fue enterrado en el Retiro pero no se sabe el lugar exacto.

Fuentes e imágenes: Don Paco, El perro Paco

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 19 enero 2016

El perro Paco, el vagabundo sin dama pero con Madrid rendido a sus pies - Historias de la Historia