En 60 a.C. se constituyó una alianza política en Roma, llamada Primer Triunvirato, formada por Pompeyo, Julio César y Craso. Los dos primeros aportaban su prestigio ganado en el campo de batalla y Craso aportaba… ser el hombre más rico de Roma. Entre los múltiples negocios en los que Craso se embarcó los hubo legales, alegales y miserables, como hacer negocio con los frecuentes incendios de la urbe. Craso creó un cuerpo de bomberos privado que, lógicamente, acudían a sofocar los incendios pero, y aquí está el negocio, sólo intervenían cuando los propietarios de los inmuebles afectados aceptaban venderle su propiedad a Craso. Claro está que a un precio irrisorio. Ante la disyuntiva de quedarse sin nada o aceptar unos cuantos sestercios y poder recuperar parte de sus bienes, firmaban la venta. Los bomberos sofocaban el incendio y Craso adquiría terrenos donde construir nuevos ínsulas y convertirse en el mayor promotor inmobiliario de Roma. Incluso se pensó que también tenía un cuerpo de pirómanos.


Durante la República y el Imperio, los grandes núcleos urbanos con gran densidad poblacional dieron lugar al desarrollo de la construcción vertical: las ínsulas. Eran bloques de viviendas —normalmente en régimen de alquiler— de varios pisos que ocupaban los ciudadanos que no podían permitirse tener una domus, el tipo de viviendas de las familias de un cierto nivel económico. Habitualmente este tipo de construcciones tenían cuatro alturas: en los locales de la planta baja se abrían tiendas y las superiores se destinaban a apartamentos de varios tamaños para el alquiler. Además del tamaño de las viviendas, en el precio también influía la altura. El último piso era siempre el más barato, ya que las posibilidades de sobrevivir, ante los frecuentes incendios que se desataban en Roma, eran mucho menores que las que tenían los que vivían en el primero. Siguiendo esta teoría, los primeros pagaban mucho más.

Estas ínsulas se construían por promotores privados, como Craso, y, como todo negocio que se precie, lo que buscaban era aumentar la rentabilidad. Fue suficiente con aplicar una regla sencilla: si construyo edificios de más alturas, supondrá construir más viviendas, cobrar más rentas y aumentar el beneficio con el mismo suelo. Así que decidieron llegar hasta 7 alturas e incluso algún osado las hizo de 8. El problema fue que se siguieron construyendo con los mismos materiales: madera y adobe (ladrillo sin cocer seca al sol), materiales muy débiles que no soportaban grandes alturas. Ahora, a los habituales problemas de los incendios, se unían los hundimientos. Para dar solución a los hundimientos, se aprobaron leyes que obligaron a construir las ínsulas con ladrillo cocido, y para evitar los incendios se decidió que entre dos ínsulas debía de haber un determinado espacio para evitar las propagaciones de incendios.

Pero todas estas medias a Craso ya le dieron igual, él ya había especulado lo suficiente como para ser el hombre más rico de Roma. Murió en Carrhae buscando la gloria.

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 23 julio 2018


El negocio inmobiliario en la Antigua Roma