Hoy, 9 de noviembre, se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, el llamado Muro de la Vergüenza. Desde 1961 separó una ciudad, dividió un país y fue la frontera entre dos mundos. Los últimos acontecimientos de aquel 1989 hacían presagiar que el muro tenía los días contados, pero que cayese el 9 de noviembre se debió a un error.


Cuando Mijail Gorbachov llegó al poder en la URSS, inició un proceso de reformas encaminadas a implantar un nuevo modelo económico y la apertura al exterior (Perestroika). Lógicamente, esta reestructuración no sólo afectaba a la URSS, sino también a los países satélites que estaban bajo su influencia. Eric Hoenecker, que había gobernado República Democrática Alemana (RDA) con mano de hierro durante más de una década, no era partidario de estas reformas y dimitió en octubre de 1989. Le sustituyó Egon Krenz, partidario de esta nueva línea.

El 9 de noviembre se convocó una rueda de prensa para anunciar las nuevas medidas que se iban a implantar. Günter Schabowsky, el portavoz del Gobierno de la RDA, se presentó ante los periodistas con un comunicado que le acababan de pasar y directamente lo leyó ante los medios. Decía que se iban a agilizar los trámites para que los alemanes del Este pudieran viajar con más facilidad. Riccardo Ehrman, el corresponsal de la agencia italiana Ansa, preguntó cuándo entraban en vigor estas nuevas medidas. Günter miró el comunicado pero no indicaba nada, así que dubitativo improvisó: “en mi opinión, inmediatamente”. La realidad es que la nueva normativa debía entrar en vigor al día siguiente y, además, no significaba la apertura de fronteras y mucho menos la caída del muro; seguía siendo obligatorio pasar por la oficinas correspondientes para tramitar la documentación. De hecho, el gobierno intentó rectificar… pero ya era tarde. Miles de berlineses del este se echaron a la calle y rodearon el muro exigiendo pasar al otro lado. Los guardias fronterizos no había recibido órdenes al respecto, pero ante la avalancha humana decidieron no disparar.

A las 11 de la noche se abrió el primer control, y de madrugada la gente comenzó a derribar el Muro de la Vergüenza.

Desde 1961 Berlín estaba dividido por el muro en la superficie, ¿pero qué ocurría con el Berlín subterráneo que estaba comunicado por una red de transporte público? Pues que también quedó dividido. Según el recorrido de las líneas de tren, las líneas que quedaron completas a un lado o al otro no se tocaron, pero las que atravesaban Berlín de un lado al otro se tapiaron. Cuando los trenes llegaban al límite, daban marcha atrás y recorrían la línea en sentido contrario, excepto tres líneas de Berlín Occidental que una pequeña parte de su recorrido transitaba por Berlín Oriental para luego volver a Berlín Occidental a las que se les permitió completar el trayecto. En estas tres líneas, subías en Berlín Occidental, pasabas al otro lado y regresabas sin poder bajar del tren en las estaciones situadas en Berlín Oriental. Lógicamente, tampoco podía subir nadie. A estas estaciones se les llamó “las estaciones fantasma”. No sólo porque estaban ahí y no se podían utilizar, sino también porque la policía de Berlín Oriental se encargo de “ambientarlas”: estaban casi a oscuras, con alambradas para impedir bajar de los trenes y policías continuamente vigilando. Además, las entradas y salidas exteriores en suelo de Berlín Oriental estaban tapiadas para que no se pudiese acceder a ellas. Cuando, por ejemplo, un tren se estropeaba en estos tramos o se tenía que acceder a ellos para labores de mantenimiento, sólo se podían entrar o salir de allí acompañado de la policía del lado Este.

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historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 09 noviembre 2019

El Muro de Berlín subterráneo y las estaciones fantasma