Decía Quevedo…

una sola piedra puede desmoronar un edificio

y la piedra que nos ocupa, que se lanzó con muy mala leche, desmoronó la Iglesia y descalabró a su cabeza visible, el Papa Lucio II, que no duró en el trono de San Pedro ni un año (12 de marzo de 1144 al 15 de febrero de 1145)


Como en demasiadas ocasiones ha ocurrido a lo largo de la historia, los Papas se han visto involucrados en luchas de poder contra reyes y emperadores -del estilo a ver quién mea más lejos-. En esta ocasión, los protagonistas de las desavenencias fueron el Papa Lucio II y Roger II de Sicilia. El Papa, un poco “crecidito” tras su nombramiento, le recordó al rey sus obligaciones como vasallo de la autoridad papal. El rey no estaba por la labor y, mientras armaba un ejército, le dijo: “tranquilito y relájate”. Lucio, al ver lo que se le venía encima, reculó y se vio obligado a firmar una tregua en términos dictados por el rey. No había ganado nada pero tampoco había perdido nada… eso pensaba él. Esta situación de debilidad fue aprovechado por el pueblo de Roma para solicitar al Papa que dejase en sus manos el poder temporal y se ocupase, como debería ser, únicamente del poder espiritual. Las exigencias estaban encabezadas por los artesanos y comerciantes de la ciudad, quedando la nobleza urbana en una posición de neutralidad a la espera de acontecimientos. Todo cambió cuando las primeras exigencias no fueron escuchadas por el Sumo Pontífice y los revolucionarios constituyeron la Comuna de Roma en un intento por restablecer un gobierno al estilo de la República de Roma en oposición al poder de nobles y Papas. Recuperaron el tradicional lema romano Senatus Populus Que Romanus (SPQR)-El Senado y el Pueblo Romano-, se estableció un Senado con 56 senadores, elegidos en base a cuatro representantes electos de cada uno de los catorce distritos de la Roma medieval y se nombró a Giordano Pierleoni líder de la Comuna de Roma, similar al cónsul de la vieja República. Incluso tenían su propio referente espiritual, Arnaldo de Brescia. Este sacerdote y reformador había sido acusado de herejía y desterrado de Roma por predicar en favor de que la Iglesia renunciase a a la riqueza y recuperase a la austeridad de los primeros cristianos.

La cosa se ponía fea. Los nobles, que en un principio no veían mal que al Papa se le restase poder, ahora veían como ellos también se encontraban en peligro. Los nobles y el Papa, otrora enfrentados, se unieron para velar por sus intereses. Las calles de Roma se convirtieron en una batalla campal entre partidarios de unos y otros. Un pequeño ejército, con el Papa a la cabeza, se dirigió al Capitolio donde los republicanos se habían hecho fuertes. Éstos, consiguieron rechazar la ofensiva papal y, además, Lucio II recibió una pedrada en la cabeza de la que no pudo reponerse. En 1145, días más tarde de la pedrada al más puro estilo Fuenteovejuna, fallecía el Papa. Nunca se encontró al culpable.

Su sucesor, el Papa Eugenio III, fue consagrado el 18 de diciembre de 1145 en el monasterio de Farfa, a unos 40 Km de Roma, ya que la Ciudad Eterna estaba tomada por los republicanos. Finalmente, se llegó a un acuerdo con la autoridad civil y pudo regresar en la Navidad de ese mismo año. El hecho es que durante su pontificado de 8 años fue un ir y venir: en 1146 tiene que huir de Roma, regresa en 1149 tras una alianza con Roger II de Sicilia, cuando no ha pasado ni un mes tiene que volver a salir corriendo, regresa nuevamente en 1153 tras la correspondiente alianza con Federico I Barbarroja… y a los pocos días fallece.

Fuente: De lo humano y lo divino

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 17 marzo 2019

El día que una piedra descalabró a la Iglesia