Todos acusan a Woody Allen de repetirse, lo cual es cierto, el director nunca lo ha negado,
vaya, es imposible afirmar lo contrario, sus mismas historias están en la pantalla desde
la década de los setenta; De Roma con amor evidencia, la falta de ideas, para algunos,
o la reelaboración de sus tópicos, y las influencias de su trabajo.

De Roma con amor no tiene reproche, es una película divertida, con una fotografía que muestra
la capital italiana de forma esplendorosa, como una postal de viaje, es un entretenimiento modesto
donde están todas las historias favoritas del director: el chico despistado, que él solía interpretar,
deslumbrado por una complicada y atractiva mujer (historia de Ellen Page y Jesse Eisenberg);
la obsesión por la fama (Roberto Benigni), la falsedad de lo aparente (Penélope Cruz) y,
como en otros filmes previos, la voz burlona de la experiencia (Alec Baldwin).

De Roma con amor no tiene una propuesta en realidad, está inspirada en películas italianas
con mosaicos de historias como Amor en la ciudad -en la que participaron Michelangelo Antonioni
y Federico Fellini- y Bocaccio 70 -con episodios dirigidos por Mario Monicelli y Vittorio De Sica-;
aunque no por ello demerita la diversión y la capacidad de Woody Allen por crear personajes verosímiles en poco tiempo.

En esta ocasión Penélope Cruz, que habla completamente en italiano, no se roba la película,
como sucedió en Vicky Cristina Barcelona, la ciudad de Roma es la protagonista.

Aunque se le acuse a Allen de hacer filmes turísticos -su periplo por Europa ya recorre Londres,
Barcerlona y París- siempre es un encuentro con personajes detallados que no abundan en el cine de Estados Unidos.

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