Aunque a nivel táctico la batalla de Accio no tuviese la enjundia que tuvieron las grandes batallas navales entre romanos y cartagineses en la Primera Guerra Púnica, o los derivados de la revuelta siciliana de Sexto Pompeyo, Accio marcó el fin de una era en lo concerniente al modo de combatir en el mar. Con esta batalla acabó una época que hoy llamamos helenística, pues una nueva forma de batallar, y con un tipo de navío diferente, se impuso a los cánones hasta entonces vigentes en todo el Mediterráneo antiguo.

Las grandes batallas de naves a remo de la Antigüedad todavía son evocadoras en nuestros tiempos, y muchas obviedades sobre ellas son sencillamente falsas. A todos nos vienen a la mente esos combates trabados entre trirremes o quinquerremes con sus velas hinchadas al viento o movidas por el esfuerzo de los galeotes encadenados, evolucionando unas contra otras, persiguiéndose, lanzándose proyectiles incendiarios con su artillería de cubierta y embistiéndose al menor descuido hasta hundirse…

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Desde un rápido y ligero birreme a un gigantesco decere, un coloso flotante con dos mástiles, dos o tres torres artilladas y diez órdenes de remos, de ahí su denominación, toda nave de la armada en condiciones normales estaba atendida por hombres libres, soldados que tenían la función de remar, otros de navegar y atender los demás asuntos de la marinería, otros de la artillería y otros de combatir en cubierta. Nadie iba encadenado en la sentina o a los bancos de su remo. Esa imagen de galeote cautivo es bajo-medieval o moderna, de tiempos de las galeras tipo Lepanto, cuando los infieles reclutaban remeros forzosos en las costas de la Cristiandad. Otro gran equívoco es pensar que aquellas naves salían a combatir con su arboladura puesta y desplegada. Los mástiles y las velas, incluso el pequeño artemón del trinquete de proa, se quedaban en tierra en víspera de combate. Nada era más peligroso que enredarse con una nave enemiga maniobrando o servir de antorcha para los arqueros rivales… Sí que es cierto que las naves se embestían unas a otras con sus afilados espolones de bronce, pero la técnica de combate más frecuente era el periplous, de ahí el vocablo periplo, una especie de giro permanente alrededor de la nave enemiga en el que se descargaba sobre ella todo proyectil posible hasta que surgiese la oportunidad de abordarla sin arrostrar demasiados peligros. Así habían combatido los cartagineses en el mar, así lo habían hecho los piratas cilicios y así lo acababa de hacer Sexto Pompeyo con mucho éxito en Sicilia hasta que Marco Vipsanio Agripa, más listo que el hambre, diseñó una especie de arpón retráctil que le sirvió para cazar los birremes y trirremes como si fuesen atunes en una almadraba.


Por último, el fuego siempre era el último recurso, pues era tan peligroso para el que lo lanzaba como para el que se veía impactado. En Accio la armada sí que lo utilizó, pero solo después de que Octavio y Agripa fueron conscientes de que la escuadra de la reina Cleopatra, y el tesoro de guerra que acarreaba en sus bodegas, habían conseguido escapar del cerco y ya daba igual atrapar íntegros los navíos enemigos.

Corría la mañana de un tormentoso 2 de Septiembre del 31 a.C. en la estrecha boca del golfo de Ambracia, en Grecia. Aquel día, Marco Antonio sacó las poco más de doscientas naves que podía armar y atender y las desplegó en arco alrededor del estrecho, dejando a Cleopatra en retaguardia con la escuadra egipcia y los transportes y formando en tres bloques ante ella, el flanco izquierdo comandado por Gayo Sosio, el centro por Marco Insteyo y el flanco derecho por Gelio Publícola y él mismo como supervisor general. Frente a las naves de Antonio estaba la flota de Octavio, un poco más numerosa, pero compuesta por birremes y trirremes casi en su totalidad, frente a los pesados quinquerremes, seises, ochos y dieces que tenían Antonio y Cleopatra. Marco Lurio comandaba el flanco izquierdo, Lucio Arruntio el centro y Marco Agripa, el verdadero talento militar al servicio de Octavio, dirigiendo la batalla desde el flanco derecho, estando el joven César tras él supervisándolo todo.


Después de permanecer varias horas al pairo, ambas flotas a la expectativa, soportar un breve chaparrón y esperar unas órdenes que no llegaban, el primer movimiento llegó desde las filas de Antonio. Su flanco y el centro de Insteyo comenzaron a avanzar hacia el noroeste, tratando de estirar y abrir un hueco en la línea de Octavio. El combate comenzó en ese flanco y pronto se trabó encarnizadamente. Era ya pasado mediodía cuando se produjo el fenómeno natural que estaban esperando Antonio y Cleopatra. El viento roló hacia el sureste, favoreciendo así la navegación hacia el Peloponeso. Según el plan establecido, la reina levó anclas en cuanto su navarca la alertó de dicho cambio. Ese era el verdadero plan de batalla: esperar al viento favorable para soltar trapo y escapar rauda y veloz de aquella ratonera infecta en la que se había convertido el golfo de Ambracia…

El movimiento del flanco derecho de Antonio propició que se quebrase la línea de Octavio en el centro, dejando un hueco de casi dos millas que rápidamente aprovechó Cleopatra para salir a todo trapo de allí. Mientras esto ocurría, Antonio se quedó trabado en su flanco, donde las naves ligeras de Agripa llevaban las de ganar acosando sin tregua sus pesados navíos en periplous. Antonio tuvo que cambiar de navío y alcanzar a la reina con un grupo de naves rezagadas. Gelio Publícola y Marco Insteyo se quedaron en la boca del golfo de Ambracia disfrazando de batalla una fuga en toda regla. Plutarco y Dion Casio coinciden en narrar cómo la flota de Antonio y Cleopatra salió a “combatir” con la arboladura puesta. Como hemos visto, ningún navarca de la Antigüedad en su sano juicio habría formado a sus naves para la batalla con los mástiles y las velas puestas. Obviamente, no era ese su plan, y Octavio lo sabía gracias a la oportuna delación de Quinto Delio, uno de los legados y más allegados colaboradores de Antonio que había cambiado de lealtades poco antes de la batalla a causa de su inquina personal con la reina Cleopatra.

Las consecuencias de la batalla de Accio fueron terribles para la extraña pareja. Gayo Sosio rindió su flanco izquierdo sin haber combatido, una falta de beligerancia presuntamente pactada con Octavio, de Gelio e Insteyo nada más se supo, quizá cayeron cubriendo la fuga de Antonio, y Publio Canidio Craso, su mejor hombre de confianza en tierra firme, huyó a Egipto con lo puesto poco después de la batalla después de que sus diecinueve legiones se rindiesen a Octavio. Antonio y Cleopatra salvaron el tesoro de guerra y cerca de setenta naves, pero se quedaron sin tropas regulares veteranas y sin nada ni nadie que frenase a Octavio. Era solo cuestión de tiempo atraparlos en Alejandría. El camino al principado había quedado expedito para Octavio.

Colaboración de Gabriel Castelló autor de Achienemigos de Roma

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 09 enero 2019

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