El 25 de agosto de 1939 los ministros de exteriores soviético, Molotov, y alemán, Ribbentrop, firmaban un pacto de no agresión. Hasta aquí, nada aparentemente anormal o peligroso. El problema era la letra pequeña (Pactos Adicionales Secretos), en la que se estipulaba y desglosaba el reparto de los países de la Europa Oriental entre Alemania y la URSS. Al mes siguiente, se cumplió el primer objetivo fijado: la invasión de Polonia, Alemania desde el oeste y la URSS desde el este. El siguiente paso: la invasión de Finlandia por parte de la URSS. Los soviéticos, antes de entrar como un elefante en una cacharrería en Finlandia para recuperar el territorio perdido tras la Primera Guerra Mundial, plantearon unas exigencias a los finlandeses imposibles de cumplir: repliegue de fronteras en favor de la URSS en la Carelia y permitir el establecimiento de una base naval en la península de Hanko -los soviéticos ofrecía a cambio una zona en la Carelia rusa el doble de extensa, pero donde ni los renos pastarían-. Como era de esperar, el gobierno finlandés rechazó las exigencias soviéticas. A modo de incidente que prendiese la mecha, y repitiendo lo que nos hicieron los estadounidenses con el Maine en la Habana, los propios soviéticos bombardearon la aldea rusa de Mainila y acusaron a los finlandeses… El 30 de noviembre la URSS atacó a Finlandia con 23 divisiones, casi medio millón de hombres. Comenzaba la llamada Guerra de Invierno.

La superioridad numérica soviética, en cuanto a tropas y armamento, así como la enorme diferencia entre las unidades de combate, hacían presagiar que aquella iba a ser una guerra corta. Así que, sin poder hacer frente directo al Ejército Rojo, los finlandeses optaron por la guerra de guerrillas. Esta estrategia se vio favorecida por la nieve, los densos bosques y los lagos helados que, en muchas ocasiones, impedían el avance de las tanques y la artillería soviéticos. En cambio, para los expertos esquiadores finlandeses era un entorno ideal para camuflarse, causar el mayor número de bajas y desaparecer. De hecho, en este conflicto bélico encontramos al francotirador más letal de la historia: el finlandés Simo Häyhä “La Muerte Blanca“, que mató a 505 soldados enemigos. Otro hecho a tener en cuenta, para unos y otros, fue el frío, con temperaturas de hasta -30º. Si los finlandeses estaban más adaptados que los soviéticos a estas temperaturas extremas, también sus respectivos medios de transporte, animales de carga vs. medios mecanizados. Aunque soldados de ambos bandos sufrieron congelaciones, sobre todo de los pies, el número de soviéticos fue mucho mayor. Y los finlandeses quisieron aprovechar aquella arma psicológica. Así que, en algunas carreteras y caminos plantaron, a modo de señales de advertencia, cuerpos congelados de soldados soviéticos.

La guerra duró 105 días, hasta marzo de 1940, cuando se firmó un tratado de paz por el que Finlandia cedía cerca del 10 % de su territorio y una parte importante de sus recursos energéticos. A pesar de ser una victoria, la Guerra de Invierno dejó un sabor amargo en la URSS: no consiguieron invadir el país -que era su objetivo- y Finlandia siguió siendo un país soberano; sufrieron más de 150.000 bajas y perdieron 3.543 tanques, 684 aviones y 2 buques -¡en poco más de 100 días!-, y su prestigio internacional quedó tocado -otra victoria pírrica-.

Fuentes: Rare Historical Photos, Guerra de Invierno


historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 05 diciembre 2017


Cuando los finlandeses utilizaron soldados congelados para ganar la guerra psicológica a los soviéticos - Historias de la Historia