Durante las épocas más convulsas de la historia o cuando parece que los pilares de las civilizaciones se derrumban, las sociedades tratan de reiniciarse y recuperar los llamados valores tradicionales. Y algo así quiso hacer César Augusto cuando tomó las riendas de la República y legisló para recuperar la familia tradicional como la institución básica de su nueva Roma y la moralidad como estandarte de sus ciudadanos. Ejemplo de estas leyes fueron la lex Julia de maritandis ordinibus (todos los ciudadanos varones entre los 25 y los 60 años tenían la obligación de casarse) o la lex Julia de adulteriis (castigaba severamente el adulterio). En otros temas no hizo falta legislar, fue suficiente recuperar leyes aprobados tiempo atrás, como la lex de adtemptata pudicitia.


Esta ley, aprobada en el siglo II a.C., trataba de proteger el honor y la decencia de las mujeres. Eso sí, sólo de las casadas, viudas y vírgenes, porque al resto se las suponía carentes de dichas condiciones. El hecho de tocar a una mujer, dirigirle unas palabras subidas de tono e incluso echarle un simple piropo que la receptora pudiese interpretar como vulgar u ofensivo, acarreaba un multa cuya cuantía dependía del escalafón social de la “víctima”. Entonces, ¿cómo se lo montaban los donjuanes de la época? Con mucho cuidado para no resultar ofensivos o cansinos y, sobre todo, con una buena bolsa de monedas por si el método utilizado no era muy sutil o la mujer elegida consideraba que eras poco hombre para ella. Un detalle que determinaba la decencia, y que te ponía en alerta, era que las casadas, viudas y vírgenes sólo salían a la calle con algún acompañante masculino (comes), ya fuese un miembro de su familia o incluso un esclavo. Así que, si no llevaba comes, podías lanzarte de cabeza porque se supone que no estaba entre los grupos de mujeres protegidas por la lex de adtemptata pudicitia.

Fuente: Los inventos de los antiguos

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 12/09/16

Cuando en Roma echar un piropo te podía costar muy caro