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Es habitual utilizar la expresión ‘a cal y canto’ cuando nos queremos referir a que algo está cerrado y bien cerrado; de una manera hermética e inaccesible.

Proviene de la antigua costumbre de tapiar puertas y ventanas para que no se colasen intrusos durante los periodos en los que el propietario no iba a estar en la misma. Para ello levantaba un muro a base de piedras (normalmente cantos rodados) y una pasta hecha de cal.

De ahí que se extendiera la costumbre de señalar un sitio bien cerrado como ‘a cal y canto’ o ‘calicanto’ como también permite la RAE.