El 12 de agosto de 2000 se produjo el peor desastre en la historia de la flota submarina de Rusia, el hundimiento del submarino nuclear Kursk y la muerte de los 118 miembros de la tripulación. En el transcurso de unos ejercicios de la Flota del Norte rusa en el Mar de Barents, el Kursk debía lanzar un torpedo sin carga explosiva a un crucero; en lugar del movimiento de un torpedo, el operador del sensor acústico del crucero Pedro el Grande registró una explosión, después de la cual el barco sufrió una fuerte sacudida. En realidad, aquella sacudida provenía de una explosión ocurrida en el Kursk que se encontraba a varios kilómetros… el Kursk se hundía. Aunque durante todo este tiempo se ha especulado con las posibles causas del hundimiento del submarino (una antigua mina de la Segunda Guerra Mundial, un torpedo de un submarino de los EEUU…), me quedaré con la versión más factible: la explosión accidental de un torpedo en uno de los tubos de lanzamiento que provocó la explosión de otros. También dejaré a un lado los motivos por los que Rusia rechazó la ayuda de Noruega e Inglaterra y me centraré en las consecuencias de la tragedia: la tripulación al completo enterrada viva en un submarino a cien metros de profundidad. Aunque la versión oficial rusa aseguró que la tripulación murió en las 8 primeras horas, un crucero que navegaba por la zona registró golpes desde el interior dos días más tarde. Cuarenta y ocho horas golpeando el casco con la esperanza de que los rescataran, pero nadie llegó. Entonces, ¿quedarse atrapado en un submarino hundido es una sentencia de muerte? Según Kenneth Whiting, oficial de la United States Navy, se puede escapar.

Kenneth Whiting fue uno de los primeros oficiales en trabajar con submarinos estadounidenses y, más tarde, desarrollaría una larga y exitosa carrera como aviador en la United States Navy (comandó el primer escuadrón que llegó a Europa). El 20 de noviembre de 1908 fue nombrado oficial al mando del submarino USS Porpoise en la base naval de Cavite (Filipinas). El 15 de abril de 1909 decidió poner en práctica una teoría que le rondaba la cabeza desde hacía mucho tiempo… escapar de un submarino utilizando los tubos de lanzamiento como si fuese un torpedo. Junto a los seis miembros de la tripulación, salieron del puerto y estabilizaron el submarino en la bahía de Manila a poco más de seis metros de profundidad; allí informó a la tripulación de sus intenciones.


Kenneth Whiting

Con el fin de prevenir las inundaciones accidentales, los tubos de lanzamiento de los torpedos estaban equipados con compartimentos estancos, de modo que las compuertas exteriores sólo pueden abrirse cuando las interiores han sido cerradas y los tubos se han llenado de agua. Kenneth Whiting se metió en uno de los tubos de dieciocho pulgadas de diámetro, se llenó el compartimento de agua y se abrió al compuerta exterior. Se arrastró por el tubo y consiguió salir, buceando llegó hasta la superficie en 77 segundos. Presentó un informe a sus superiores con los resultados de su experimento… pero nunca se tuvo en cuenta.

Años más tarde, en 1920, el submarino USS S-5 se hundía en la bahía Delaware (EEUU). Alguien recordó la idea de Whiting, pero se desestimó porque la prueba del Porpoise se había realizado en aguas claras, cristalinas y a poca profundidad; el S-5 estaba a una profundidad diez veces mayor y en aguas muy frías casi bajo cero. A una profundidad de diez metros la presión exterior sobre el cuerpo humano es el doble que en la superficie, a los veinte tres veces más… Para poder utilizar la técnica de Whiting las condiciones debían ser demasiado benignas como para incluirla en los protocolos de seguridad.

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 10/11/15

Cómo escapar de un submarino hundido