Supongo que para los millones de seguidores de Astérix y Obélix no será desconocido el personaje del pirata Barbarroja ¡Un capitán y una tripulación siempre dispuestos a recibir una paliza! Cada vez que se cruzan con Astérix y Obélix, su barco acaba hundido y ellos en unos maderos a la deriva. Pues bien, aunque René Goscinny y Albert Uderzo se basaron en los piratas creados por Jean-Michel Charlier y Victor Hubinon para su cómic de aventuras Le Démon des Caraïbes (El demonio del Caribe), por la época y su ámbito de actuación (Mediterráneo), bien podrían haber sido los piratas cilicios y Zeníquetes su Barbarroja.


Con el nombre de Cilicia (en griego Κιλικία y en armenio Կիլիկիա) se conocía a la franja costera de Anatolia, hoy Çucurova, en el sureste de la actual Turquía. El interior de la región, llamado entonces Cilicia Traquea, es montañoso y abrupto, mientras que el litoral, la Cilicia Pedias, es más suave, alternando las grandes llanuras fluviales de las desembocaduras de los ríos Cidno, Saros y Píramo con agudos acantilados, islas y calas idóneas para esconder navíos e incluso flotillas enteras. Desde tiempos de los hititas, persas y seleúcidas, esta región fue siempre zona disputada entre grandes potencias, sufriendo con dramática recurrencia los estragos de la guerra. Quizá esa pobreza de suelos de cultivo y granjas devastadas por los conflictos, sumados a la escasa pesca en aquellas aguas mediterráneas, fue lo que condujo a los habitantes de esta zona tan agreste a buscarse una forma de vida más aventurera.


Pronto aquellas pequeñas bandas de salteadores, agrupadas en un solo navío, o en unos pocos de ellos, siempre pequeños y de poco calado como las liburnae de Iliria y las pinazas y hemiolias de las islas del Egeo, comenzaron a buscar objetivos más ambiciosos que saquear naves onerarias desprevenidas en sus rutas de cabotaje. Durante la primera mitad del siglo I a.C. muchos capitanes piratas comenzaron a señorearse de archipiélagos y enclaves estratégicos, ya no ocultos en calas, sino ubicados en ciudades portuarias bien fortificadas donde establecían sus bases navales al margen de Roma, Egipto o quien tratara de impedir sus actividades delictivas. Vamos, los precursores de la isla de la Tortuga caribeña. Cada vez fueron volviéndose más audaces, no conformándose con rapiñas y asaltos, sino creando un sistema de financiación basado en los secuestros de romanos ricos que les funcionaba muy bien. Conocido es el episodio del secuestro de un joven y arrogante Cayo Julio César cuando se dirigía a Rodas dispuesto a completar su educación, aunque en este caso acabó en tragedia para sus captores.

Así nos contó Plutarco en su Vida de Pompeyo el triste final que podía esperar aquel que caía en manos de los piratas cilicios:

Pero lo de mayor afrenta era que, cautivado alguno, si decía que era Romano y les daba el nombre, hacían como que se sobrecogían, y temblando se daban palmadas en los muslos, y se postraban ante él, diciéndole que perdonase. Creíalos, viéndolos consternados y reducidos a hacerle súplicas; pero luego, unos le ponían los zapatos, otros le envolvían en la toga, para que no dejase de ser conocido, y habiéndole así escarnecido y mofado por largo tiempo, echaban la escala al agua y le decían que bajara y se fuera contento; y al que se resistía le cogían y le sumergían en el mar.

Es en este preciso periodo cuando aparece en escena uno de los capitanes piratas más renombrados, Zeníquetes, también conocido como Zenicetus en algunas fuentes antiguas. Cierto es que las fuentes clásicas retrataron a los piratas cilicios con el mismo desprecio que los griegos hicieron en su momento con los persas, incidiendo con saña en su pintoresca mezcla de afeminamiento, osadía y crueldad. Sus capitanes gustaban de las ropas caras y ornamentadas, armas lujosas, barbas cuidadas y perfumadas, aretes en las orejas y maquillajes, una imagen que calificaríamos hoy como un poco hortera. Sus barcos no desmerecían su enfermizo gusto por la ostentación: los birremes y trirremes cilicios exhibían grandes velas de púrpura, bronce bruñido en sus espolones, palas de plata en sus remos y banderas oscuras con calaveras y tibias ondeando en los mástiles. Haciendo una simple extrapolación a la piratería del Caribe, no eran menos sofisticados estos ladrones de los mares que sus herederos ingleses y franceses de los siglos XVII y XVIII, siendo aquellos cilicios los primeros marinos en crear una sociedad comunitaria donde todos eran dueños de todo y los capitanes no ostentaban el mando más allá del combate, pudiendo ser depuestos en asamblea por la marinería en caso de franco desacuerdo (a pesar de su amor por el lujo, eran más comunistas que Lenin)

Desde su base en la ciudad de Olympos (hoy Çıralı, en Antalya, Turquía), Zeníquetes actuaba por su cuenta o bajo la “patente de corso” del rey Mitrídates del Ponto. Navegar entre Rodas y Creta se convirtió en un suicidio colectivo para toda nave comercial sin pabellón de Sinope. Cada señor de la guerra se hizo con el control de un trozo de litoral, siendo su camarada pirata Nicón el azote de los navíos del creciente fértil y Zeníquetes el del Egeo oriental. Cientos de amargas quejas de mercaderes y terratenientes saqueados o secuestrados iban llegando cada año hasta el Senado. Atendiendo tan alarmante problema, el senador Publio Servilio Vatia fue enviado como procónsul a Cilicia en el 77 a.C. al frente de un ejército y una gran flota para combatir la amenaza permanente que significaban estos gánsteres de los mares dentro del desarrollo comercial de la república en Oriente. Tras una rápida victoria naval en la que los quinquerremes romanos desarbolaron a los pequeños barcos piratas, la guerra se trasladó a la costa de Lidia, teniendo que tomar uno a uno cada bastión pirata. Quizá el episodio más cruento fue la toma de Olympos, base principal del caudillo pirata y su último reducto, asalto en el que el propio Zeníquetes y sus hombres murieron quemados vivos antes de rendirse a los romanos.

Tras ocupar Olympos, Vatia prosiguió en su férreo acoso a la piratería desplazando sus tropas desde Lidia a Panfilia. El siguiente objetivo fue el puerto natural de Faselis (hoy cerca de Kemer, en Antalya), todavía fiel a Zeníquetes, para culminar su campaña costera en el importante puerto de Coricos (hoy Kızkalesi, en Mersin), donde capturó la ciudad y apresó a muchos piratas, entre ellos al temido Nicón. No contento con haber erradicado la piratería en la toda la costa cilicia, en el 75 a.C. Vatia emprendió una nueva y exitosa campaña en los Montes Tauros, pues los piratas supervivientes se habían escondido en Isauria, campaña que le valió la conquista de la Cilicia Traquea, el reconocimiento como imperator por parte de sus tropas y la concesión de un triunfo por las calles de Roma en el que exhibió su inmenso botín y a su rehén Nicón cargado de cadenas. Todas las riquezas fueron depositadas en el templo de Saturno, pues Vatia no quiso quedarse con su parte del botín, diferenciándose del resto de los anteriores procónsules, siempre más ávidos de oro que de la gloria patria. Desde aquel día el Senado le concedió el título de Isáurico.

Por desgracia para Roma, el procónsul no solucionó el problema pirata, pues con sus victorias tan solo consiguió un paréntesis. En el 68 a.C. la osadía de los piratas cilicios llegó a su colofón, máxime después de haber derrotado al padre de Marco Antonio en Creta infligiéndole severas pérdidas. Libres de toda presión naval romana y navegando a sus anchas desde Ibiza a Chipre, en sus correrías llegaron a saquear Caieta (hoy Gaeta), Miseno y Ostia, el propio puerto de Roma, expandiendo su ola de terror por todo el Mediterráneo occidental. Fue Pompeyo el Grande quien tuvo que tomar medidas excepcionales para solucionar definitivamente el problema, como excepcionales fueron los poderes de imperium que el Senado y la Lex Gabinia le otorgaron para erradicar la piratería de una vez por todas, no sin la clara reticencia de toda la facción optimate del Senado que veía en dichos privilegios una excesiva acumulación de poder en una sola persona. Pocos senadores apoyaron desde el principio estas medidas a favor de Pompeyo, entre ellos un tal Gayo Julio César.

Como comandante en jefe de todas las riberas del Mare Internum hasta cincuenta millas tierra adentro, Pompeyo dividió el mar en trece zonas, colocando en cada una de ellas a un legado de su confianza al mando de una flota. Su táctica fue un éxito, rápida y efectiva. En solo cuarenta días limpió de piratas desde las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) hasta Sicilia. Con el oeste controlado, una a una, todas las flotillas piratas fueron masacradas por sus legados, empujando a los supervivientes hacia las costas de Cilicia. La última y agónica batalla se libró frente a la ciudad de Coracesio (hoy Alanya), donde, según la propaganda de la época, Pompeyo y sus doscientas naves hundieron cerca de mil embarcaciones enemigas, gesta que culminó su victoriosa campaña y en la que, según Plutarco, más de veinte mil piratas perecieron y otros diez mil fueron apresados tras la toma de la ciudad.

Cambiando de estrategia durante la guerra, Pompeyo optó por negociar con algunos de los cabecillas piratas para que delatasen las guaridas de sus camaradas a cambio de su libertad, y quizá a merced de dichos pactos privados no todos aquellos ladrones acabaron despellejados en la cruz. Muchos piratas reconvertidos incluso a ciudadanos romanos acabaron sus días como comerciantes en la vieja ciudad de Soli, que fue rebautizada por entonces como Pompeiópolis (hoy en ruinas cerca de Kastamonu, Turquía). Años después, tras la muerte de César y la entrada en escena del triunvirato, alguno de aquellos viejos marinos adscritos a la clientela de Pompeyo volvería a representar un problema para la estabilidad de Roma y su nuevo amo, Gayo Octavio, pero esa es otra historia, y una de las tramas de mi novela Princeps, el primer ciudadano de Roma: la rebelión siciliana de Sexto Pompeyo, el Hijo de Neptuno.

Colaboración de Gabriel Castelló autor de Archienemigos de Roma


historiasdelahistoria.com / Javier Sanz 14/10/15

Barbarroja, el capitán pirata de Astérix y Obélix, bien podría haber sido el cilicio Zeníquetes