Que sí, que sí, que en este país, además de la fregona y el chupa-chups, hemos inventado otras muchas cosas, y una pequeña muestra de nuestro nivel de creatividad lo podéis encontrar en Made in Spain. Cuando inventábamos nosotros, de Alejandro Polanco Masa. Eso sí, visto lo visto, nuestra capacidad de olvidar a los pioneros de este país ha sido mucho mayor que su ingenio. La diferencia entre la precursora del ebook y los propios ebooks, salvando la distancia tecnológica de décadas, fue la financiación para el desarrollo y la fabricación. Una prueba de la viabilidad de aquel artefacto fue la respuesta de la inventora en una entrevista en 1958…

[…] firmas extranjeras se han interesado por la compra de mi patente, pero mi deseo es que sea España la que pueda beneficiarse de mi trabajo.

Una Administración rancia y empresarios timoratos impidieron que aquel prototipo se convirtiera en una realidad. Así que, igual el filósofo Miguel de Unamuno se refería al escaso apoyo financiero que se daba a los inventores y no a su propia capacidad inventiva cuando escribió en 1906 aquello de…

Inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó.

Y puestos a especular, igual si hubiese llegado el apoyo económico en su momento hoy en día el logo de una de las empresas tecnológicas más importantes del mundo sería una manzana gallega en lugar de una californiana, mordida o sin morder.

Bueno, igual ya va siendo hora de que os presente a esta excepcional mujer, ella fue Ángela Ruiz Robles. Aunque nació en Villamanín (León) en 1895, con apenas 23 años se trasladó a Galicia, concretamente a Santa Eugenia de Mandiá, una población cercana a Ferrol donde obtuvo la plaza de maestra nacional tras aprobar las oposiciones. Y allí comenzó todo… Desde el primer día sus alumnos se dieron cuenta de que era una maestra diferente. Para ella, los protagonistas eran los niños y no el método educativo que les otorgaba el papel de meros consumidores. Había que facilitarles el aprendizaje, hacerles partícipes, despertar su interés y mantenerlo vivo y dejar de obligarles a memorizar listas como la de los Reyes Godos. Además, su labor pedagógica no terminaba en el colegio: doña Angelita, que así la llamaban, gustaba de visitar a sus alumnos en sus casas para darles una atención más personalizaba según sus necesidades. Y se dio de bruces con una España mayoritariamente analfabeta, en la que los padres vivían para trabajar y trabajaban para dar de comer a los suyos. Las horas del día no daban para prestar atención a la educación de sus hijos, máxime cuando ellos mismos no sabían leer ni escribir. De modo que doña Angelita, que era de las que afronta y no huye de los problemas, decidió ampliar su alumnado e incluir a los adultos en clases a domicilio e incluso costeando de su bolsillo los materiales necesarios. Cuando diez años después se marchó a Ferrol, las autoridades locales, a petición popular, le concedieron un premio por su labor y dedicación altruistas con los vecinos del pueblo.

Venimos a este mundo no solo a vivir nuestra vida lo más cómodo y mejor posible, sino a preocuparnos de los demás, para que puedan beneficiarse de algo ofrecido por nosotros.

Ya en Ferrol, donde seguirá con su labor pedagógica, sufrió un duro varapalo: la muerte de su marido. Madre de tres hijas, ama de casa, maestra… poco tiempo tuvo para pensar cómo sería su vida de viuda. Además de sus clases, añadió la faceta de conferenciante, utilizando las charlas para incidir en su método de aprendizaje. En 1934 fue nombrada gerente de la Escuela Nacional de Niñas en el Hospicio de Ferrol, donde se atendía a las niñas huérfanas o abandonadas. Y aquí también innovó, porque además de la pertinente educación, doña Angelita procuró que aprendiesen algún oficio para poder integrarse en una sociedad que, de otra forma, las habría arrinconado. Las noches en casa de doña Angelita, una vez acostadas las niñas, eran el momento ideal para la visita de las musas. Robando horas al sueño, se dedica a preparar algunas de las herramientas que facilitarán el aprendizaje: Compendio de ortografía castellana, Ortografía castellana, Taquigrafía martiniana abreviada moderna —este último libro iría acompañado años más tarde de una máquina de taquigrafía—, Atlas Gramatical, Atlas Científico Gramatical… Desde 1938 publicará un total de dieciséis libros en su afán de facilitar la transmisión del conocimiento. Tras el oscuro episodio que supuso la Guerra Civil para este país, doña Angelita tuvo que reinventarse y retomó su labor fundando la Academia Elmaca (por sus hijas Elena, Elvira y M.ª Carmen) con el propósito de, al igual que había hecho en el hospicio, darles un futuro a aquellos jóvenes a los que la guerra había arrebatado su presente. Además de ofrecer una formación general, también se dedicó a preparar a los opositores, y se cuenta que las estadísticas de aprobados de los que pasaban por su centro eran las más altas de toda España. La Academia Elmaca era sinónimo de éxito. En 1945 retomó la docencia pública en el Instituto Ibáñez Martín de Ferrol, donde se jubilará siendo directora. Aun así, ella nunca dejó de impartir clases nocturnas gratuitas en la escuela obrera. Hasta aquí, ya habría motivos suficientes para que Ángela Ruiz Robles apareciese en este blog, pero todavía nos falta ponerle la guinda al pastel.

Para muchos, esa guinda bien podría haber sido la concesión en 1947 de la Cruz de Alfonso X el Sabio por su labor social y sus innovaciones pedagógicas durante su carrera profesional. Eso sería no conocer a esta gran mujer. Una parte esencial de su método pedagógico consistía en la participación e interacción, y para ello necesitaba de herramientas que el Ministerio de Educación no contemplaba, no proporcionaba o, directamente, no existían. Y doña Angelita, que era de las que pensaba que si no existe, pues se inventa, se puso a ello. El resultado fue un procedimiento mecánico, eléctrico y a presión de aire para la lectura de libros, registrado con la patente n.º 190698 el 7 de diciembre de 1949. Había nacido el libro mecánico. Libros interactivos relativos a cualquier materia en los que se representaba la información de forma gráfica, sonora o textual, hechos de materiales impermeables y ligeros —menos de cincuenta gramos de peso—, con la posibilidad de leerse de forma vertical u horizontal, incorporar tintas visibles en la oscuridad o directamente iluminación, lentes de aumento…

[…] con mecanismo de activación mediante sencillos pulsadores que permitiría mostrar al alumno las lecciones o materias de forma visual, interactiva y amena. […] Con la correcta y agradable belleza visual del tema ante los ojos facilitan con claridad y rapidez el trabajo autodidáctico a profesores y alumnos, ahorra energías intelectuales y físicas, y su peso favorece y reduce el espacio. El estudio es más fácil, porque todo lo que se nos presenta ante nuestros ojos tiene mucho más poder, es mucho más potente que la palabra hablada.

Con la seguridad de que aquellos libros eran la herramienta que ella necesitaba, se presentó en Madrid para exponer su invento a las autoridades educativas. Todo fueron buenas palabras, pero ningún apoyo financiero para desarrollar aquella patente, en aquel momento apenas un boceto y una memoria detallada de su funcionamiento. Ángela hizo la maleta y viajó a cualquier lugar donde pudiese tener visibilidad su proyecto, ya fuesen concursos o exposiciones nacionales e internacionales. Y allí donde fuere, su libro mecánico recibía parabienes, distinciones y premios… pero ni un duro (porque entonces eran pesetas). Aun así, ella siguió dándole vueltas para poder mejorar y simplificar su invento. Ahondando en su teoría de que es más fácil entender lo que se ve y se toca, encargó a los astilleros ferrolanos de la Empresa Nacional Bazán de Construcciones Navales Militares S.A. la fabricación de un prototipo de un nuevo invento más sencillo, que pudiese integrar todos los libros mecánicos y que cualquier niño del mundo pudiese utilizar. El 10 de abril de 1962 registraba la patente nº 276346 bajo el título Un aparato para lecturas y ejercicios diversos. Aquel prototipo hecho de zinc y bronce era la Enciclopedia Mecánica…

No tiene páginas, tiene materias, que van en bobinas como máquinas de fotografiar o el mismo cine y esas pueden ser igual en japonés, que chino, que ruso, que francés o italiano. Puede llevar sonoridad, tiene la posibilidad de cristal aumentado y las bobinas son intercambiables. Y todo, queda del tamaño de un libro corriente y de facilísimo manejo. […] constituyendo el conjunto de la invención una auténtica enciclopedia mecánica, y permitiendo la realización de ejercicios diversos de orden pedagógico o de otra naturaleza.


Aquel prototipo, a caballo entre el ebook y la tablet, volvió a repetir la historia de su hermano mayor: muchas palmadas en la espalda pero ni un duro. A pesar de los ofrecimientos de países extranjeros por la compra de la patente —en 1970 lo hicieron los Estados Unidos—, doña Angelita quería que se desarrollase en España. La única vez que estuvo cerca de tomar cuerpo fue en 1971, cuando el Instituto Técnico de Especialistas en Mecánica Aplicada elaboró un informe de los costes y un proyecto de fabricación con materiales más ligeros como el plástico: ¡Cien mil cochinas pesetas! Esa fue la cantidad que echó por tierra aquella esperanza. Anda que… Reza el refrán “mientras hay vida, hay esperanza”, y eso debió pensar Ángela Ruiz Robles, porque hasta su fallecimiento, en 1975, estuvo pagando los derechos de la patente. Por cierto, el prototipo original está expuesto desde 2012 en la sede coruñesa del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología. Y, por si fuera poco, sus inventos —reconocidos precursores del ebook— y, peor aún, su nombre, quedaron olvidados durante más de 30 años. Menos mal que alguien no hizo caso a su última voluntad…

Después de muerta, que me dejen tranquila.

Fuente: Ni tontas ni locas

historiasdelahistoria.com / Javier Sanz, 30 noviembre 2018

Ángela Ruiz Robles, la Steve Jobs española