Son ya muchos los lectores y articulistas que se quejan del mal trato que recibimos los andaluces en la televisión a causa de un supuesto y malhadado acento. Principalmente en alguno de estos folletines modernos donde lo andaluz es encarnado por una criada vulgar y chistosa.

También ha habido otras series, en honor a la verdad, donde el habla nuestra ha venido mostrándose más natural y digna; caso de Periodistas, con una Esther Arroyo, de Cádiz, que supo encontrar un ajustado término medio, alejado por igual de las vulgaridades y simplezas a que obliga el tópico, como del estándar madrileño. Y en el cine, por fin, vimos normalizado el uso del andaluz con ejemplos muy notables: Solas, La niña de tus ojos, Yerma, que ya tuvimos ocasión de comentar.

Pero siguen de vez en cuando pegándonos trallazos de indignación, o de estupor, residuos de un habla contrahecha que propiamente no ha existido más que en los sainetes de don Ramón de la Cruz y de los hermanos Álvarez Quintero. El problema estriba en saber cuál es exactamente ese otro acento andaluz que debería usarse en público, en el cine, en la radio, en la televisión, para resarcirnos del denigrante castigo y sin tener que imitar el habla de Castilla.

Ardua cuestión que divide a los teóricos y a los publicistas en posturas poco conciliables. ¿Pues en qué andaluz nos basaremos? ¿En el de oriente o el de Occidente? ¿En el que usan los universitarios o en el más llano de la calle? ¿Cuestión de pronunciación sólo, o de algo más?

Antonio Rodriguez Almodovar

Conntinuara